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miércoles

París

París, París, París.

Nunca tuve tiempo para escribir sobre París, o mejor y en mi excusa podría decir que el tiempo me pasó demasiado rápido para escribir sobre París. Después, ya no fue el momento y a decir verdad siempre me dio miedo. Siempre reparé en los recuerdos alejándome de ellos tan rápido como desaparece un rayo en la noche. Sin embargo hoy, quizás impulsado por la soledad, que tan bien me enseña a jugar con mis miedos, tumbado en mi cama quise detenerme en los recuerdos más de lo que dura el instante que me lleva a ellos. Me detuve y salté de la cama con la necesidad de escribir sobre París. Con la necesidad de fijar el recuerdo y así lo haré, tal y como ahora todavía lo siento y no como la vida me hará recordarlo.

París siempre fue un sueño, siempre fueron largas avenidas lluviosas, fueron muchos libros y muchos amores los que soñé en París. Fue nuestra primera estación de paso hacia aquel anhelo realizado, un destino postergado, un motel de carretera. Era un bautismo de amor que nos aguardaba, una ciudad a la que miramos desde su derecha para decir volveré y no para dejarte atrás. Volveré cuando todo termine con pausa para grabarte a fuego. Y así fue. Así fue París.

Así regresamos a París, a cumplir lo prometido. París fue una noche cualquiera, un laberinto en el que nos perdíamos sin miedo, acorazados en la protección que significaba yo para ti, dirigidos por el mundo que eras tú para mí. Y de repente apareció el Arco en la noche, y el Louvre en la noche, y la torre Eiffel nos miraba al fondo, iluminada, en la noche. Esa fue nuestra entrada en París una fría noche de diciembre. Una fría noche en la que hicimos el amor y todo fue silencio. Una noche en la que hubo estrellas en su cielo. Amarte como te amaba, amarte en París.

Despertamos con ansia, quisimos exprimir al máximo cada segundo en aquel ambiente mágico. Caminamos hasta Nôtre Dame. Recuerdo cuán plácido nos recibió el Sena aquella fría mañana de diciembre. Recuerdo aquel autobús rojo y tu gorro y tus guantes, recuerdo la primera parada en la Ópera, como nos deslumbraba tanta voluptuosidad, tanto por ver, tanto por disfrutar. Recuerdo aquella señora mayor enseñando lecciones de historia a los alumnos a través de aquellos cuentos que sonaban tan melódicos (o eso intuíamos). Recuerdo que no recuerdo tantas cosas.

Las cenas, los campos elíseos en la noche, los campos elíseos en el día. El sol radiante, nuestras risas, un pin de papa Noel. Recuerdo la torre Eiffel, París desde arriba. Tu vértigo y mi vértigo, que iba más allá de las alturas. Mi miedo camuflado en tu miedo. El abandono a subir, el comenzar a bajar. Recuerdo cada escalón de aquella majestuosa construcción que bajé tras de ti sin tener aún la experiencia para calibrar cuán importante es tener algo tras lo que ir. El episodio del metro, cuando salí antes de tiempo y tú te marchaste a la siguiente estación. La zozobra, los nervios, la posibilidad sola de perderte. Y recuerdo cuando apareciste de nuevo y el abrazo y el beso, y el vaho de tu aliento.

Recuerdo el Louvre, los subterráneos, la pirámide, mi afición por la historia desparramada en el mejor de los lugares. Era como un niño con zapatos nuevos. Hammurabi, el escriba sentado, toda mesopotamia entera, todo Egipto entero fueron testigos aquel día de mis miradas, de los arrullos, de nuestro orden y desorden. Recuerdo tus explicaciones frente a la Victoria de Samotracia, la cola de curiosos frente a la Gioconda, la expectación ante la Venus de Milo. La niña del café, el amor amor de Cacharel. Recuerdo que prometimos volver.

Eso y tantas cosas que no acierto ahora a escribir, que no me atrevo quizás a recordar son para mí París. Fue el broche cuando pensábamos que era el comienzo. Es una pena no ser consciente en el presente de lo que uno siente con la intensidad con la que lo recuerda desde el futuro, hacia el pasado. Una lástima ese sentir hacia atrás, un lamento estas palabras que te sonarían huecas si pudieras leerlas, que me suenan lejanas cuando las escribo. Recuerdo tantas cosas. Recuerdo que no recuerdo, pero sobre todas las cosas, recuerdo que prometimos volver.

París, París, París.


©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 23 de Septiembre de 2005

domingo

Lonely night

Venía de pasar una tarde con sus amigos en la que habían estado especialmente distantes. Terminó de ver el partido con ellos. Su equipo había perdido en el último minuto, fiel a la costumbre, de la forma más amarga. Decidió regresar a casa. En el camino de regreso se detuvo en el puente. La noche estaba fresca, las chicas y chicos jóvenes caminaban hacia esa forma de divertirse tan vacía, tan frívola, en la que él también se veía envuelto bastante a menudo en los últimos tiempos. El río avanzaba rápido esta vez y cerrando los ojos intentó escuchar su sonido. No lo logró.

En el portal de casa una pareja se comía a besos trocitos de amor que él adivinaba perfectamente suspendidos entre sus labios. Los miró fijamente y no supo qué pensar. Ya en casa recibió la llamada de un amigo que lo hizo sentir afortunado durante unos instantes. Después intentó leer, intentó escribir, intentó no lamentarse más. Cerró el libro, apagó el portátil y se sentó junto al balcón. Respiró. Estaba solo. Se sentía solo. La soledad mostró su peor perfil. Y fue ahí cuando volvió a tratar de pensar. ¿Qué ocurría? ¿Qué sucedía a su alrededor? Fue en ese momento cuando de nuevo no estuvo seguro de nada. Pero por encima de todas las cosas no estuvo seguro de que estuviera viviendo su vida. ¿Qué vida era aquella? ¿En qué se cimentaba? ¿cómo se sostenía? ¿Hacia dónde se dirigía? Fumó.

Sobre la mesa había varios libros y un portátil apagado. En el ambiente un silencio atronador. Pensó en marcharse dejándolo todo tal como estaba situado. De veras pensó en emprender un viaje sin regreso. Pero no supo donde ir, ni siquiera supo llegar hasta la puerta. No sabía qué buscar, no sabía de qué huir. De nuevo intentó leer, intentó escribir, fumó. Aquella situación tenía un aura especial, dramática, trágica. Pensó que el momento que estaba viviendo era un buen comienzo para una historia, para un libro. Anhelaba algún tipo de catarsis que diese comienzo a aquel relato. ¿Y si el sentido de su vida estuviese ahí, cuándo por fin empezase a escribir aquel libro?. Quizás no sea tan dificil novelar tu vida, evadirse de la ficción rutinaria en la que nos sumerge el mundo que vivimos para escribir la propia. Inventar. Moldear la realidad a tu antojo. Escribió unas lineas y se acostó. Se durmió pensando qué habría de escribir en el siguiente capítulo.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 10 de Septiembre de 2005