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viernes

Volar

Este poema se inspira en una de escena de una película que todavía no he visto, y al hilo de una conversación, una esperanza, un sueño. Perdonen mi torpeza.

Ven, rescátame, libérame,
destierra las nostalgias, oculta
el pusilánime espectro de la derrota.

Destroza esta temerosa cordura
convenida en sociedad y mírame,
desatando la locura para siempre .

Resucita el terrible cementerio
de mariposas grises, sin aliento,
que duermen en mi vientre.

Permíteles volar, arrastrándome hasta ti
soltando el lastre de tu ausencia,
los calvarios de otras vidas

Hasta llegar amor…

A observar tu diáfana mirada
y derretir sobre tu piel
Este delirio primitivo que es soñarte
En cada instante,
en cada verso

A inundarte en cada poro
de este cúmulo de amor
paciente y refugiado
que se sobrepuso y esperó
por ti.

Ven, y permite a todos que me vean
Sonreír
Reír
Gritar
Bramar con fuerza que has llegado

Y descubre, junto a mí
Aquella facultad vital
Que siempre, en mis sueños, te exigí.
La capacidad para volar.

Volar, volar, siempre volar.

Dibujemos nuestro encuentro desde el cielo.


©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 27 de octubre de 2006

domingo

El palacio rojo

Se detuvo en el semáforo en ámbar. Al mirar el asiento vacío recordó.

Una vez, ese lugar tuvo una segunda piel. Conducían sin prisas, con destino a ninguna parte y lo hacían alegres, dichosos. Ella estaba descalza con los pies cruzados en el asiento y sonreía y se hacía un lío entre los mapas y rutas que había que tomar. Jugaban al ahorcado para entretenerse, mientras dejaban kilómetros a sus espaldas.

Él no quería que ese viaje terminase nunca y la miraba cómplice, sintiéndose privilegiado. La inundaba de verde con sus ojos y ella, inconsciente, seguía riendo y enfadándose por lo pronto que él acertaba siempre sus palabras. Concentrado en aquella carretera lejana pero mirándola de reojo, se admiraba con ese halo de niña que todavía conservaba y que tanto lo embrujaba. Pensó que siempre le había dicho que la trataría como una reina pero ahora él sabía que eso no alcanzaba. Porque no habría habido ni habrá reinas como ella. No existían palacios que puedan acogerla en su inmensidad. Le construiría uno, lleno de futuro, de ilusión, de amor. Un palacio rojo que nadie, sino ella, podría habitar. Ella, pareció descifrar sus pensamientos y se giró espontáneamente en el asiento, para acercarse y besarlo tenuemente en el cuello.

El semáforo se puso verde y, estremecido, dirigió una última mirada a aquel asiento vacío preguntándose si ella algún día encontraría un palacio como aquél.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 22 de octubre de 2006

jueves

Destino Pirámides

Sólo tomaba el metro para ir al fútbol. Lo había hecho así desde hacía veintinueve años. El Atleti dejaba el Metropolitano con nostalgia pero orgulloso al son de aquella cantinela que decía mientras otros van de pie nosotros todos sentados. Se trasladaba al flamante Vicente Calderón, entonces Estadio del Manzanares. Un par de años más tarde inauguraron la línea 5 del metro de Madrid y desde entonces, estuvo abonado a aquel viaje invariablemente cada quince días de su vida.

De Carabanchel a Pirámides. Tenía grabadas esas cinco paradas a fuego en su memoria. Al principio siempre acompañaba a su padre, que era quien le había inculcado la enfermedad atlética. Se encontraban siempre a una hora en la boca del metro y aprovechaban las tres primeras paradas para ponerse al día.

- ¿Qué tal mamá?
- Como siempre, en la casa se ha quedado con la faena. Quejándose de a ver si vas más a verla que estás de un perdido… ¿No te habrás echado novia ya, no? Porque buena falta te haría.
- Que nó papá, vosotros dejadme tranquilo que ya me llegará la hora.

Así discurrían hasta llegar a Urgel donde el metro ya estaba completamente inundado de colores rojiblancos y las conversaciones se trasladaban impenitentemente al equipo y al partido. Gárate no juega. Bueno, da igual, hoy hay que ganar como sea. Se bajaban en Pirámides y caminaban juntos hasta el estadio.

El viaje de vuelta solía transcurrir rodeados por la euforia de la victoria o el silencio del fracaso que les suponía una derrota. Cuando el Atleti perdía, volvían a casa en silencio. Se bajaban en Carabanchel y cada uno emprendía el camino hasta su piso.

Fue también en ese trayecto donde conoció al amor de su vida. Era el primer partido de la temporada 80-81. La vio sentada en el asiento de enfrente envuelta, como no, en una bufanda rojiblanca. Él ya andaba por los treinta y había perdido la fe en el amor pero aquella chica lo cautivó. Su padre le hablaba del mejicano que había fichado el Atleti pero aquél día no le prestó ninguna atención. Al bajarse del metro se excusó diciendo que había quedado con unos amigos, que lo vería dentro y la siguió hasta conocerla, con una excusa cualquiera. Ahora era su esposa y tenía la certeza de que lo sería hasta el fin de sus días. Para celebrarlo, aquel día, el Atlético le ganó al Bilbao por dos goles a cero. Marcaron Ruiz y Marcos Alonso.

A finales de la temporada 90-91 jugó el partido más amargo de su vida. Aquel día, el Atleti había perdido inesperadamente contra el Mallorca y subieron muy tristes al metro, como de costumbre. En contra de lo que solía ser habitual, su padre empezó a hablarle en Marqués de Vadillo. Incómodo, tras unas cuantas vueltas acabó diciéndole que de momento no iba a acompañarle más. Le habían detectado un cáncer y lo iban a ingresar. El mundo se le vino encima y no supo qué decir ni cómo hacer. Las lágrimas lo desbordaron y paradójicamente fue el padre quien terminó por consolarlo. Venga hombre, que este año ganamos algo seguro. El Atleti fue campeón de la Copa del Rey aquella temporada, precisamente ante el Mallorca, y aquella noche estival volvió a llenarse de lágrimas mientras miraba al cielo, preguntándose si su padre habría visto a Futre levantar la Copa.

Y pensaba todo eso hoy, mientras estaba sentado pensativo en un vagón de aquella transitada línea al lado de su hijo, al que llevaba por primera vez al estadio. El chaval, emocionadísimo, le hablaba de Penev y un yugoslavo que nadie conocía que tiraba muy bien las faltas. Él le sonreía cómplice, porque sabía muy bien cómo se sentía, mientras recordaba cuántas cosas le habían sucedido en aquella línea de metro que el ayuntamiento de Madrid había pintado incomprensiblemente de verde, cuando sus colores naturales eran el rojo y el blanco.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 10 de octubre de 2006

sábado

Noches de tristeza

Hay noches en que la tristeza te invade
y desaparecen las palabras de amor
noches de terror donde no queda
sino uno mismo y sus quimeras
vapuleadas, sumidas en la niebla

Noches de destierro
al lugar de la perdición
donde se encuentran brumas
insospechadas, crueles,
rodeadas de palabras descarnadas

Hay noches en que uno mira
y no ve, escucha, y no oye
más que el silencio de lo oscuro
envuelto en el salitre
de lágrimas olvidadas.

Noches de amargura
tierras de por medio
penas sin consuelo
sin amor, sin desamor

Hay noches en que es mejor dormir
y dejar que tus fantasmas
convenzan a la soledad
para poder velar tu sueño.

©José Luis Pineda Requena
Madrid, 13 de octubre de 2006

lunes

Alicia y su país de las maravillas

La primera vez que lo vio frunció el ceño y se dijo: ups, rara avis habemus. Estaba sentado en el banco de enfrente y leía un poemario de Neruda. No daba crédito. Ella hacía lo mismo. Alzando la vista disimuladamente por encima de su libro lo observó. Era un chico más o menos de su edad, alto, guapo y vestía de una forma sofisticadamente desordenada. Se había recostado junto a una mochila de libros en uno de los bancos de aquel parque donde Alicia solía bajar cada tarde a sumergirse en su lectura y se encontraba absorto en la lectura y tomando notas. Rara rara avis, volvió a pensar.

Permaneció así, desconcentrada de u libro y observándolo, mientras imaginaba y aun sin conocerlo empezaba a idealizarlo. En esas, él la despertó de su ensoñación al guardar su libro junto a los demás en el macuto y empezar a caminar en dirección al puente sin siquiera haberle dirigido una mirada. Alicia suspiró mientras él se alejaba y bromeándose a sí misma se dijo. Era un sueño claro…o será el calor.

Alicia siempre había vivido contracorriente. Sobre todo en lo que al amor respecta. Al llegar a Madrid para empezar una nueva vida todos sus sueños de amor utópico y sublime se habían ido al traste en una cruda realidad que la arrastraba. Parecía tener un imán para las malas influencias. Para las relaciones sin futuro, tumultuosas. Primero se enamoró de un hombre casado que ejecutó con ella a la perfección el guión establecido de la triste historia de hombre casado y amante indignada. Terminó por salir corriendo. Pero en plena huída volvió a tropezar con otra piedra semejante en el mismo camino. En esta ocasión el chico no estaba casado pero como si lo estuviera. Cambiemos novia por esposa. Terminó desquiciándose a sí misma pensando qué podía ver en esos tipos y qué estaba haciendo con su vida y bueno, intentó recomponerse en la distancia. Se aisló. Se hizo acompañar de libros y soledad. Recompuso sus conceptos, sus pilares, y salió fortalecida. Ahora estaba tranquila. Había guarnecido su conciencia y sacado brillo a sus principios y se enfrentaba a la vida desde una posición que le gustaba. A veces se sentía como en una espera desesperante, pero su soledad le había enseñado muy bien a lidiar esos momentos y no cometer errores pasados.

Al día siguiente acudió al mismo lugar pensando en aquel desconocido y convencida de que volvería a verlo. Pero no sucedió así. Las mismas señoras mayores de siempre con sus nietos, algún que otro deportista ocasional y gente con sus perros. Ni rastro del desconocido. Ella se reía de sí misma repitiéndose lo de los sueños.

Así, siguió con su ritual de lectura diario y terminó por olvidar a aquel extraño hasta que un día lo vio aparecer de nuevo. Con aquella mochila cruzada a un lado y aquel aire desenfadado lo observó embelesada en la distancia, esperando que se sentase en el banco que estaba libre, que esta vez le quedaba más cerca. Pero el chico continuó su pausado caminar en lugar de sentarse y se acercó hasta a ella para preguntarle algo que jamás alcanzaría a recordar, hechizada como estaba, en aquella mirada azul infinita y pensando que ahora sí, tal vez, aquél sería el conejito blanco que de una vez la transportara al país de las maravillas.


©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 08 de octubre de 2006

A Galatea

A Galatea

Viniste a mí extraña, sosegada
sin dioses que fueran invocados
para quedarte a mi lado siempre
despojada de ausencias
embriagada de sueños

Viniste entre palmeras, oasis remotos
en el silencio del tiempo
en el aroma de la brisa que te arrastra
a mí, sin dilación, sin pausa

Viniste a despertarme del letargo
a liberar todo el dolor
a disfrazar todas las penas
que habitaban en mi alma
trajiste el carnaval

Viniste desde el mar llena de pequeñas cosas
de palabras nuevas
que enjugaron mi tristeza milenaria

Viniste a tornar la negra tinta de mis versos
con el rojo amor de tu pasión
llegaste cuando nada ni nadie importaba
arrastrándome a la eternidad

donde toda mi vida, aun sin conocerte,
con mis carnes desbordadas de amor,
a tu lado,
quise morar.