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miércoles

Libertad acotada

Como no he estado muy inspirado esta semana, tiraré de archivo...

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Cuando llegó a casa la puerta de entrada estaba abierta. Todo estaba meticulosamente ordenado, como de costumbre. Miró a su alrededor y un escalofrío de inseguridades sacudió sus miedos. Le flaquearon las piernas, le tembló todo su ser en el interminable camino que le llevó hasta aquel recorte de papel. Se sintió morir. Caía la noche de un miércoles cualquiera.



Isabel había sido una chica bastante normal, pero sabía sacarse partido. Tenía unos pechos bonitos y una carita dulce que sabía maquillarse como nadie. Era bajita y eso la atormentaba. Hubiera dado cualquier cosa por un palmo más de estatura. Pero dentro del mal era el menos, eso tenía arreglo. Después de todo no podía quejarse.

No se tenía a sí misma por una chica muy lista. Nunca tuvo grandes aspiraciones ni tampoco grandes inquietudes. Su vida pronto se encauzó. En cierta forma siempre fue una adelantada a su tiempo aunque eso era algo que ni le gustaba reconocer ni de lo que se sentía especialmente orgullosa. Así, cuando apenas contaba con dieciséis años ya presumía de novio ante esas amigas que apenas se empezaban a hacer mujeres y con las que tan pronto terminó perdiendo el contacto.

Hizo todo lo que se le suponía que tendría que hacer. Terminó a trancas y barrancas una carrera que después acabó no sirviéndole para nada, enamoró cada día más a ese novio maravilloso que todas le envidiaban y vivía feliz en sociedad. Adoraba a sus padres, sus padres la adoraban a ella y sus tres hermanas menores la tenían como un modelo a seguir.

Recién cumplidos los veintitrés años se casó. Una boda de postín. Ni el muchacho ni ella es que fueran adinerados pero eran muchos los años de noviazgo y al fin y al cabo no habían pensado en otra cosa durante todo ese tiempo. Trabajaron para ahorrar. Ahorraron para comprase la mejor casa que se pudieron permitir y llegados a ese punto, una boda de postín era todo cuanto Isabel podía desear. Él ya la quería tanto que hubiera hecho cualquier cosa para complacerla y ella era tan dependiente que se dejaba hacer. Se sentía cómoda y protegida.

Su vida se había resuelto. Tenía aquello que siempre deseó. Un marido envidiable, un piso majestuoso, su familia, comodidad económica y libertad para hacer lo que quería dentro de unos límites que le quedaban tan distantes que los desconocía. Hacía cuanto deseaba. O al menos eso es lo que creía.

Aquella mañana el trabajo doméstico le había cundido más de lo habitual. Estaba terminando de limpiar el polvo a unas preciosas copas que su madre le regaló para el ajuar y que todavía no habían tenido ocasión de estrenar. Al colocarlas, la última de ellas se le resbaló y cayó al suelo. Hizo ‘crash’. La copa era de un cristal tan delicado que el ruido que hizo al romperse en mil pedazos apenas era audible pero aquella copa resonó en su interior tanto que se asustó. Miró desconcertada a su alrededor. La casa perfecta. Todo en orden. Entonces, vio los límites de su libertad acercarse con la celeridad de un fogonazo. Tanto que se sobrecogió. Intentó moverse para tomar aire pero se sintió prisionera de mordazas invisibles. Intentando mantener la calma llegó hasta la habitación y se vistió para salir a la calle. Se miró en el espejo. No se vio. Tomó un lápiz y un papel y esperó unos segundos antes de ponerse a escribir. Casi había olvidado como era su letra.

Desde la puerta de entrada miró su preciosa casa impecablemente recogida. Se marchó dejando todas las puertas abiertas. Huyó hacia la nada desafiando los límites de su libertad. Era la mañana de un miércoles cualquiera.


©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 21 de Febrero de 2006

Dignidad

Todo empezó aquella mañana fría en el hospital, al descolgarse de la camilla preso de un dolor asfixiante buscando aliento, ayuda, buscando cualquier cosa. La enfermera acudió presta a suministrarle un calmante y al abrir el armario de los medicamentos, casi por casualidad, se vio reflejado cristal que cubría el anverso de la puerta. Pudo ver su rostro deformado, los ojos enrojecidos, su cabeza sin pelo a la que nunca iba a terminar de acostumbrarse y por un momento el dolor físico se detuvo y le hirió mucho más aquella imagen desconocida. Fue en ese momento cuando supo que nadie, ni siquiera aquella maldita enfermedad del diablo, iba a arrebatarle algo que tanto le había costado conservar durante toda la vida, la dignidad. Se terminó, no volvería a la clínica ni al tratamiento. Una vez el sedante hubo hecho su efecto se despidió con cortesía de los doctores y enfermeras, que lo despidieron con gesto escéptico y compungido, y se marchó para no regresar nunca más.

Tomó un taxi para regresar a casa. Al llegar, advirtió al servicio para que no le sirviesen el almuerzo pues iba a descansar un rato y subió directamente a dormir. Despertó a las doce de la noche. La casa estaba silenciosa y oscura. Demasiado tarde para llamar a Peter. Tendría que esperar hasta mañana. Se sentía bien, solía sucederle tras el descanso después de aquellas infames terapias así que tomó un baño y se vistió. Decir que lo hizo con su mejor traje sería una veleidad porque todos sus trajes eran el mejor traje. Vestía con un rigor y elegancia exquisitos y no había un detalle que escapase a la pulcritud de su atuendo. Despertó al servicio para que le sirviesen la comida y cenó, solo, en el extremo de una mesa rectangular y larga, secundada a los lados por retratos de su familia y acompañándose por tres velones como única pero suficiente luz. Tomó oca con ciruelas, acompañada por un Oporto exquisito y nada más terminar se retiró a la biblioteca.

Se sirvió una copa caliente de cognac A.E. Dor que él mismo preparó.
Abrió el cajón donde solía guardar los cigarros puros y tomó un Cohiba Behike, la última novedad que le habían mandado desde La Habana. Llevaba doce años sin fumar. Encendió el puro, aspiró suavemente, expiró, y saboreó el cognac. Ojeó la biblioteca tras la cortina de humo que le dejaba el Cohiba y topó con La montaña mágica. Tomó el libro y empezó a releerlo. A las nueve de la mañana telefoneó a Peter, le dio instrucciones precisas sobre lo que necesitaba y lo citó a las seis de la tarde. Después, avisó al servicio para que lo despertasen a las tres de la tarde y subió a dormir.

Al despertarse el dolor empezaba a jugar con su espina dorsal. Almorzó y retrasó la hora del té hasta la llegada de Peter. Al llegar se saludaron con la misma sobriedad con la que lo habían hecho los últimos treinta años desde aquel día en que Peter le salvó la vida en un sinuoso pantano de Saigón de donde ambos salieron consiguieron salir vivos milagrosamente. Tomaron el té y hablaron durante una hora. Peter escuchaba la mayor parte del tiempo. No emitió ningún juicio, ninguna opinión. Simplemente asintió, y al despedirse lo abrazó tal vez más fuerte que nunca. Se miraron fijamente, con el cristal de los ojos acuoso, torcieron el gesto y se dijeron adiós.

El dolor se le estaba haciendo insoportable así que se encerró en la biblioteca y se inyectó la primera dosis. 15 miligramos. Pasados tres, cuatro minutos se sintió como un hombre nuevo. Terminó de leer a Thomas Mann y al llegar la medianoche se acostó.

15 miligramos para cinco, seis horas de vida. Así durante una semana. Había olvidado la sensación del dolor. Había vuelto a sentirse digno. Disfrutó de los placeres que le habían acompañado toda su vida, recuperó sus recuerdos, obtuvo serenidad. Y entonces, aquella noche, meticulosa y elegantemente vestido como siempre, se inyectó la última dosis. 500 miligramos. Se tumbó mirando el techo en la cama, que una vez fuera tálamo de amor y ahora sería lecho de muerte y cerró los ojos. Sintió su sangre galopar sobre su cuerpo sereno, un fuerte calor lo invadió y perdió la noción del tiempo. Pero antes de que aquellos tres, cuatro minutos finalizaran, se sintió orgulloso de haber sido feliz en aquel inhóspito mundo pero sobre todo, se sintió satisfecho de poder abandonarlo así, con la dignidad que siempre había imaginado.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 15 de noviembre 2006

La vida después del amor

- ¿Qué cómo es la vida después del amor? Para mí, es una pregunta sin sentido. ¿Cómo es la vida después del amor? Es incongruente. No hay después del amor. Es un contrasentido. Hay vida antes del amor. Y sobre ésta, todos podemos hablar. Absolutamente todos. Porque todos hemos vivido antes del amor. Pero no hay nada después del amor, sencillamente porque no existe después en el amor. El amor es eterno. Para toda la vida y para más allá de ella. – dijo con la seguridad de quien no podría estar más seguro de lo que afirmaba.

Todos, incluso ella, lo miraron con ese reflejo de tierno escepticismo con el que solían mirarlo cuando hablaban de amor. Pobrecito, pensaban. Qué iluso. Anda José Luis, pide una ronda que mejor hablamos de la vida en otros planetas.

Lo peor es que él lo pensaba de veras. Era quizás la convicción de su vida. Ese sustantivo reñía con el adverbio, no existían juntos. Amor y después. Menuda tontería.

Había tenido una vida antes del amor, claro que sí. Una vida expectante, esa es la palabra. Desde muy pequeñito había alimentado su concepto de amor en los libros, en su literatura. Amor era Florentino Ariza, la duquesa Sanseverina, amor era Julieta, Constance, Dulcinea. Así, entre páginas y sueños había conformado esa noción idílica que fue el motor de su vida. De su vida antes del amor.

Entonces, un día, casi sin darse cuenta, aquella concepción teórica tan bien sedimentada desgarró todas las costuras de su alma. Explotó y se personificó. Tocó a su puerta. Tenía un semblante infantil, una sonrisa que hubiera conquistado cualquier reino, era una dulzura que se hacía llamar Andrea.

Andrea fue su sueño hecho vida. Vivieron un amor adolescente mediada la veintena y siempre supo que había muerto el adverbio, supo que ya no habría después. Le molestaba que todo hubiera sucedido tan rápido, casi sin notarlo y pasado el tiempo se reprochaba la oportunidad perdida de ejecutar todas aquellas demostraciones y conquistas grandilocuentes que había leído en sus libros. No llegó como lo había soñado, llegó pausada, se incrustó en sus huesos silenciosa, casi sin notarlo. Aun así, no dejaba de ser una anécdota en aquella felicidad que lo inundaba.

Vivieron juntos, viajaron juntos, se amaron en todos y cada uno de los rincones que los contemplaron. Y él, aprovechaba cada reunión de amigos para gritar su concepto a los cuatro vientos. Ahora sí. Ya no había más teoría, ahora hablaba de hechos. ¿Por qué miráis con esa cara? ¿Es que no me veis?. Todos, incluida ella, seguían sin permutar el gesto. Que iluso, pobrecito.

Fue al cerrar aquella puerta, al dejar atrás aquel infierno deshabitado, cuando el recuerdo de aquella conversación, tantas veces repetida, lo paralizó. Sintió sus piernas flaquear y tuvo que sentarse en la escalera, junto a sus maletas, a descargar el mar de llanto en el que se estaba convirtiendo.

La vecina, que había escuchado el ruido y lo observaba curiosa por la mirilla salió en su ayuda, preocupada.

- José Luis, ¿qué te ha pasado? ¿Estás bien?

Y él, apenas girando su rostro la miró con ojos enrojecidos y con la voz rota, como un muerto en vida, alcanzó a preguntarle:

- ¿Qué es lo que puede venir después?


©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 8 de noviembre 2006

La función

Puede que sea una chorrada, pero he ganado con este relato la CCLXVII edición del concurso de relatos Tintero Virtual, sito en el Foro Escritores de Terra. Es algo simbólico, pero me hace ilusión porque es la primera vez que gano algo y bueno, eso siempre anima a seguir. Quería compartirlo con todos. Pago una ronda. Que corra el ron, o el tequila.

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Cada día, una función. Todas distintas y siempre la misma. Empiezo el día oculto bajo el oscuro telón de mis párpados, procurando concentración. Clin, clin. Se abre el telón. El mismo escenario, el público tan igual y tan distinto. La viejita curiosa. La primera representación es para vos. La mejor de mis sonrisas. Se cierra el telón.

Clin. El pacato tributo por la fotografía. El mísero precio de un recuerdo. Nada cambia en este mundo vil donde todo tiene un precio, o eso creen ellos. Que idiotas, ríen. Es suficiente por esta vez. Se cierra el telón angosto de mi mirada.

Clin, clin. Clin, clin, clin. Llegan las mismas multitudes ociosas de siempre. La misma triste concurrencia bajo distintos rostros irrespetuosos con la vida ajena. Ellos no saben cómo de ajena es su propia vida. Pasean, pagan por su pequeña dosis de crueldad disimulada en una falsa admiración. Cierro el telón por hastío. Sonrío, miento.

Clin. Abro el telón con la exigua sonrisa de los desencantados. Actúo, soy un profesional. El mundo gris, las plateas oxidadas bajo un sol fulgurante, amarillo, cuyos rayos se disipan en un descenso infinito, para cubrirlo todo de tristeza y soledad. Soledad en multitud. Cierro el telón. Músculos entumecidos. Resisto.

Clin, clin. Descorro una vez el resignado telón de mis ojos y observo que a la izquierda se hace luz. Algo ocurre pero las exigencias del guión no me permiten mirar. La luz avanza pero no llega, la función termina, la prolongo, pero la luz camina lenta. Cierro el telón aunque así, en la oscuridad, yo sé que la luz prosigue y temo que tal vez pasará de largo y desaparecerá. No llegaré a tiempo para verla en la próxima función. En esas, clin, clin, se abre el telón más deseado, ansioso y precipitado.

El parque se ha inundado de color y ella está frente a mí, observándome sutil, con media sonrisa tímida, diferente. Un tenue carmín rosa embellece sus labios, que parecieran indecorables, por hermosos. Es morena, con un pelo denso, recogido a un lado y peinado con una raya laberíntica donde se pierde mi mirada que ya ha dejado de actuar. Todo se ha detenido a su alrededor. El señor de la chaqueta marrón, las palomas, el abuelo con los nietos, la señora del puesto de globos, todos y cada uno de los viandantes. Están petrificados, inundados por su luz. Es posible realmente que el mundo de una vez haya suspendido su viaje, para alguien, para mí. Quizás sea ella quien viene a rescatarme. No más funciones, al menos por hoy.

Bajo del pedestal cuidadosamente elaborado, con los músculos ateridos, ahíto de representar la misma función, tan distinta, tan igual. Rompo con el monótono protocolo de mis días, y quitándome la máscara y el disfraz, recojo las monedas mientras todos miran escépticos, pero inmóviles. Ellos no entienden nada. Así, descubierto, la miro para decirle que no hay más función por hoy. Casi avergonzado, bajo mi mirada para intentar, temiendo, esperando su rechazo:

- Se ha dado bien la cosa hoy. Te invitaría a algo pero necesito quitarme toda esta pintura.

- Te espero, contesta.

Y así, me dirijo hacia la fuente mientras todos los que no entienden nada ni lo harán jamás, siguen absortos, estáticos, detenidos. Sumidos en su propia indiferencia. Camino recordando que alguien dijo una vez que lo más increíble de los milagros es que ocurren y que tal vez, por qué no…ella haya caído del cielo para redimirme y liberar para siempre el sombrío telón de párpados hastiados que se cierne sobre mí.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 1 de noviembre 2006