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sábado

Hijo del amor

Hoy me sentí nervioso por segunda vez en toda mi vida. Finalmente todo salió bien y el hijo del amor ya está aquí. Ha nacido a las 11.2o aprox., mide 51 cms y pesa, 3, 320 kg. Se llama Melitoncito. Y es así de bonito.

Para él, unas torpes palabras que no alcanzan a describir la emoción que se siente.




Hijo del amor


A veces los sentimientos son tantos
se agolpan tan abruptamente
que se hace difícil juntar las palabras
se hace imposible diría

A veces uno trata de decir
y no puede, no con palabras
porque no hay frases que alcancen
a describir la emoción
la espera

La espera de ti, por ti
hijo del amor
tú aún no lo sabes
pero eres hijo con mayúsculas
del amor más grande que aún me queda

hijo de la sangre de mi hermano
hijo de su amada, mi refugio
hijo de la esperanza
que torna en colores la existencia
hijo mío, también, al cabo.

Aún no sabes como te voy a querer
como siempre, no a veces, siempre

yo
te voy
a
querer.

Reloj de arena

Este relato nace de una curiosa metáfora surgida en una conversación de jueves noche en el Soul. Además, enlaza con el famoso misterio que Gabriel García Márquez dejó escrito en su libro "La mala hora".

Feliz Navidad a todos.

El reloj de arena

Mi vida siempre fue como un reloj de arena. Un maldito y desgastado reloj de arena. Ciclos, etapas, marcadas por el lento y suave discurrir de ese polvo, siempre hacia abajo. Siempre hacia abajo. Así hasta vaciarme, hasta terminar un período más y entonces esperar, que algo o alguien de vuelta al reloj, sacuda tu vida, para que todo vuelva a empezar.

Llega un momento en que los intervalos detenidos son incluso mayores que en los que la vida discurre. El vacío. Es entonces cuando empiezas a sentir que tal vez en esta ocasión no haya nada que precipite un nuevo ciclo, tal vez ya no hay nadie que destruya la detención de tu tiempo. Es entonces cuando empiezas a pudrirte. Casi sin darte cuenta, hasta que ya el proceso es irreversible.

Lo supe aquella noche, en el bar. El camarero me dirigió una mirada piadosa y me permitió apurar el último whisky mientras barría con desgana el sucio local. Era una imagen tétrica, que jamás habría imaginado. El alcohol nublando mis sentidos, el olor execrable del abandono, el tambor de sus mentiras percutiendo sobre mis tímpanos. Apuré de un trago la bebida y me dirigí a la destartalada puerta que unas horas antes ella había cruzado para no volver. Jamás. Fue entonces cuando supe que el reloj de arena se había estancado para siempre. Ni ella ni ninguna otra vendría a voltearlo de nuevo.

En la calle el frío me golpeó la garganta como un aguijón envenenado y apoyándome a duras penas sobre un coche vomité. Vomité todo el whisky que había tomado pero no la angustia ni la desesperación que turbaban mi ser. El reloj. El reloj, el maldito reloj no iba a volver a girarse. Nunca. Y yo estaba seguro de ello. Dos calles más arriba encontré un hotel vetusto y triste, con las luces apagadas. Decidí no caminar más así que toqué en el timbre. Me abrió una señora mayor que procedió diligentemente a tomar los datos del registro. Me dio la llave de la habitación 121. Bonito número, le dije, y subí hasta la primera planta mientras ella me miraba de soslayo. Cerré la puerta y me tumbé sobre la cama sin deshacer a fumarme un pitillo mientras miraba el gigante muro de ladrillos negros al que daba la única ventana de la habitación. Apagué la luz.

La mujer llora desconsolada jurando a los policías por sus hijos que ese hombre se registró anoche a las dos de la mañana. Les cuenta como ella misma lo atendió e incluso le relata la anécdota del número de la habitación. La policía, desconcertada, lleva la mirada del cadáver a la mujer y de ahí, a la efigie impertérrita del forense. Intentan imponer tranquilidad. Hay que aclararse ante la podredumbre del cadáver y el forense acaba de atestiguarlo: “Ese hombre lleva muerto desde hace ocho días”. Estúpida ciencia. Ni siquiera son capaces de determinar que empecé a pudrirme mucho antes de ocho días, justo cuando el último grano de arena se deslizó por el cristal de mi reloj vital. Y sí, me registré anoche, ante la certeza de que ya no habría más ciclos. Pero ellos ya no pueden oírme.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 20 de diciembre 2006

domingo

El hombre del poncho


"El verdadero modo de vengarse de un enemigo es no parecérsele."
Marco Aurelio

La hora del desayuno es mi momento irrenunciable del día. Salgo de la gris oficina en la que trabajo y me evado de la aburrida concurrencia que me acompaña para sentarme solo, al sol, en una plaza contigua a la que miles de años contemplan y que es un pequeño oasis dentro de esta polucionada y absurda ciudad. En una especie de ritual, trato de sentarme siempre en la misma mesa, pido el café, enciendo un pitillo y dejo correr los minutos entre el vago rumor de las gentes que se reúnen en la plaza. Observo, miro, me cubro del espléndido sol de la mañana.

Suelen deambular por allí pedigüeños de toda índole. Caraduras haciendo de la pobreza una excusa vital, la mayoría. Pero desde hace unas semanas, rondando la misma hora, aparece un señor ataviado con poncho, sombrero y guitarra. Al principio no reparé en él intuyéndolo uno de tantos, pero cuando el hombre comenzó a cantar, toda la plaza se giró a observarlo porque lo hacía de una forma espectacular. Cantaba boleros de amor. Debía de andar por los cuarenta y pocos y transmitía una sensación de modesta pobreza. Siempre bien afeitado, limpio, con unas ropas viejas pero decentes, lustro en los zapatos y cubierto de una manta vieja y deshilachada que trataba de emular al típico poncho mejicano. Cubierto con su sombrero, desplegaba una voz espectacular, simulada rota y acompañado por un suave ritmo de guitarra, caminando por las mesas, hacía estremecer a todos los allí presentes. Tras terminar su serenata, se destocaba elegantemente y, con una educación exquisita, se inclinaba educadamente en cada una de las mesas, sin pedir nada a cambio, confiado en la buena voluntad de la concurrencia.

Fue ayer cuando sucedió que al terminar, el hombre del poncho se dirigió a la mesa de al lado y saludó efusivamente al individuo que la ocupaba. Un antiguo conocido. Se sentó junto a él y tras unos minutos de conversación protocolaria, entraron en materia. Aunque sea mala cosa, no pude evadirme de la conversación.

- Pedro, ¿cómo has llegado a esto? No puedo creerlo
- Ya ves Moisés, la vida.
- ¿Pero cómo que la vida? Si la última vez que te vi…
- Ya, la última vez que me viste mi vida era muy distinta. Pero, uno nunca sabe. Para ser breve, me divorcié de María. Me destrozó. El divorcio, ella. Por dentro y por fuera. No supe manejarme en la crisis. Me abandoné al desamor, a la destrucción de mis ideales. Ella lo aprovechó para arruinarme. Nunca me importaron esas cosas, ya sabes. Era ajeno a todo y ella era otra, distinta, despiadada, desconocida. Después vino la depresión. Me dieron la baja del conservatorio. Cuando quise darme cuenta no tenía para comer y bueno, no sé hacer otra cosa que cantar. Entre que encuentre algo mejor, así consigo el pan de cada día. Tan increíble, tan cierto.
- Pero…
- Ya, es duro, al principio me costó muchísimo. Pero llega un punto en la vida en el que o te tiras por un puente o tienes que comer. Yo siempre fui cobarde para lo primero así que tuve que tirarme, pero a la calle. Ahora incluso a veces es divertido. Además, nunca pude imaginar que este modo de vida me daría la oportunidad de redimirme, de cerrar definitivamente aquella puerta entornada que me atormentaba.
- No entiendo
- El otro día, en aquella mesa, durante la ronda diaria, la vi. Sí, a María. Estaba acompañada de su nuevo novio. Un tipo guapo, elegante, más joven que ella. Me acerqué tocando como si se tratase de una pareja cualquiera. El caballero sonreía mientras le tomaba la mano y ella palideció al verme allí. Al terminar, aquel tipo sacó un billete de diez euros de su cartera y yo, educadamente, le dije que no se molestase. Estaba pagado con el privilegio de poder cantar ante una señorita tan bella, les di los buenos días y me marché.

Entonces, yo que andaba pensando en futuras justicias divinas supe que aquel tipo no las esperaba. Se las cobró en la tierra. Le cantó “Que te vaya bonito”, de Vicente Fernández.


©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 12 de diciembre 2006

lunes

Los pecados capitales

Estábamos tirados en el parque bebiendo unas cervezas en uno de esos días espléndidamente soleados que aparecen de vez en cuando en esta triste ciudad y que te empujan irremediablemente a lanzarte sobre el césped y quedarte ahí, sintetizando vitaminas D. Pasó a nuestro lado una rubia espectacular de esas que quitan el sentido y César, siguiéndola con la mirada, comentó:

- Una mujer así volvería loco a cualquier hombre si se lo propusiera. Después de todo lo que largamos, deberíamos estarles agradecidos porque si ellas quisieran, nos mandarían a todos al infierno. Los siete pecados capitales se nos quedarían pequeños.

- Venga ya César, tampoco es para tanto. Pero además, si tú ni siquiera sabes cuáles son los pecados capitales.

- ¿Cómo que no? A ver, la lujuria, la envidia…

César era mi amigo de toda la vida, como un hermano, y no había tenido suerte con las mujeres. Se pasó toda su juventud bajo las faldas de la que creyó su amor para siempre y al final le salió rana, como él mismo decía. Desde entonces se había vuelto cariñosamente misógino, porque en realidad lo que estaba era en un compás de espera, deseando de que otra morena o rubia –para eso no era delicado- llegase para volverlo loco de nuevo.

- La soberbia, la ira, la codicia, la gula y la pereza. – Le apunté

- Te has dado cuenta cómo todos los pecados se enuncian en femenino. Eso no es gratuito. ¿Tengo o no tengo razón?.

- Pues no me parece un argumento de mucho peso, seamos serios. El lenguaje es a veces caprichoso.

- Caprichoso los cojones. En esta vida nada es casualidad. Acuérdate de Elenita. Mucho amor y mucho amor y al final ¿qué? Su soberbia me destruyó. Su soberbia y su codicia. Yo parecía poco para ella. Ya sabes que siempre he pensado que la clave de todo fue Maribel, su amiguita de siempre. Claro, se había echado un novio rico y eso de que su amiga se pasease por ahí enfundada en vestiditos de Versace y sobre últimos modelos de Mercedes, ella lo llevó muy mal. La envidia. Desde que Maribel empezó a salir con aquel chico rico, Elena empezó a mirarme distinto, como si yo no estuviese a su altura. Y comenzaron los sibilinos maltratos psicológicos. Para que luego hablen. Desató en mí toda la ira que nunca tuve al ver que la perdía sin poder hacer nada y sobre todo, al ver cómo ella se transformaba, cómo se transformaba en algo irreconocible, y no precisamente para mejor. De la pereza no voy a hablar porque ese sí que reconozco que es un pecado congénito en mí. Y la gula…bueno, la gula podría ser el comodín. Todo cuadra.

Yo me reía con él mientras le daba a la cerveza interpretando ese tono irónico que César siempre le insuflaba a la vida, pero no podía dejar de acordarme de Elena. La mujer que moldeó el corazón de mi amigo, mi hermano, para acabar dinamitándolo con goma-2. Y entonces, aquel sabor amargo de las conciencias mal digeridas, casi enterrado en el olvido, vino de nuevo a mí, haciéndome palidecer y preguntarme a mí mismo cómo había podido vivir tantos años con esa mancha oculta, y cómo podría seguir haciéndolo acaso. Entonces supe que hay un pecado más capital si cabe y que tal vez se debería rediseñar esa lista que nos acompaña desde la antigüedad. Porque hay uno que atormenta al que lo sufre y acompaña hasta la tumba al que lo imprime, dejándote una pena instalada a perpetuidad. La traición.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 6 de diciembre 2006

sábado

Absenta en París

Una vez escuché a una famosa actriz decir que siempre había querido conocer París de la mano de un hombre que la amase de verdad. Había sacralizado esa idea y después de mucho tiempo esperando, decidió hacer el viaje junto a su padre. Me resultó una anécdota conmovedora porque yo, que tenía esa misma ilusión desde mucho antes de oírsela a la actriz, estaba cansado de esperar. Así que un día, desempolvé del estante a Baudelaire, Verlaine y Rimbaud, los metí en una mochila y me largué a París. Solo.

La ciudad de la luz me recibió fría y soleada. Pero para mí simplemente pisar ese suelo y sentir aquel aire en el rostro ya era una experiencia casi mística. Debía buscar un hotel o algún lugar para dormir pero el día era demasiado bueno y había esperado tanto tiempo que no me apeteció desperdiciarlo en algo que todavía me quedaba tan lejano, dormir. Ya habría tiempo para eso. Me fui directo a MontMartre, a pasear por sus calles e inundarme de bohemia en esos pasajes que tanto conocía a través de los poetas malditos. Esos a los que alguien una vez clasificó como simbolistas, algo que yo nunca entendí por más explicaciones que busqué, para mí eran simplemente mis benditos poetas malditos. Así que me senté a releerlos e inundarme de sol en la concurrida terraza de un precioso café llamado la maison rose.

Aquella joven se sentó en mi mesa, frente a mí, en el único hueco que quedaba libre en la abarrotada terraza. Esbozó un gesto tímido con la mirada queriendo decir ¿puedo? Yo asentí. Era una chica más o menos de mi edad que vestía con un aire informal que yo bauticé como parisino. Sí, vestía con aire parisino. Su rostro decía muchas cosas pero sobretodo sus ojos enmudecían. Tenía una de esas miradas que uno cruza muy pocas veces en su vida. Pidió una copa de anís afrutado, empezó a fumar un cigarro que ella misma había liado mientras sacó de su mochila un libro y se puso a leer. Las fêtes galantes, de Paul Verlaine. Saboreaba aquellos placeres terrenales con una suavidad digna de otro mundo. Era claro que aquello sólo podía ocurrir en París.

Me rebullí inquieto en aquel cómodo sillón y perdí toda la concentración en mi lectura, que curiosamente era una antología del príncipe de los poetas. La complicidad estaba más que servida. Al cabo de un rato, compartíamos conversación y bebidas. Hablamos del tiempo, de España, de mi sueño en París y eso nos llevó ineludiblemente a la literatura. Nos fuimos sintiendo cómodos, cada vez más cómplices y hablábamos y hablábamos. Ella me explicó todo Verlaine, al que idolatraba, a quien conocía como a su propia sombra. Yo seguía sin comprender el simbolismo. No hay símbolos en estos versos le dije, y ella sonreía, entendiéndome. Fumamos juntos, bebimos juntos. Hablaba y hablaba sin parar de aquella generación de poetas malditos. Mis benditos. Yo escuchaba absorto. Tenía su voz una pulsión indescriptible. Me transmites paz, le dije, pero la realidad es que me transmitía otra cosa que me sentí torpe para describir. Entonces me dijo ven, quiero enseñarte algo.

Caía la noche sobre París y me llevó caminando hasta la escalera de las luces, en la parte alta de la calle chevalier de la barre, justo antes de llegar a la bonne. Las subimos en silencio, mirando las luces de los lados que se desplegaban como luciérnagas derretidas, bajo una oscura noche, sin luna. Al llegar arriba, nos giramos y mirando hacia abajo me contó que fue allí donde Verlaine intentó matar a Rimbaud por primera vez. Ebrio de amor y de absenta, poseído por los celos, arrojó al joven poeta escaleras abajo después de haberle dicho al oído uno de los más bellos versos de amor que se han escrito jamás. Pregunté cuál con mi mirada y ella me lo susurró al oído en lo que fue el momento más dulce de cuantos hoy puedo recordar. Vamos a brindar con absenta, le dije. Por Verlaine, por el amor, por París.

Tomamos un taxi que nos llevó hasta un minúsculo local del que ni siquiera recuerdo el nombre en el que nos sentimos solos entre mucha gente y donde había un trompetista solitario haciendo del jazz la banda sonora de la noche. Nuestra noche. Allí brindamos con absenta, la mezclamos con el vino. Nos emborrachamos, ante el triste y magnífico recuerdo de la tumultuosa vida de aquellos poetas y bajo la magia de aquel inesperado encuentro que la vida nos regaló. Nos besamos hasta enloquecer. Nos miramos y nos besamos, sin tregua, y ya no hubo más palabras.

Al salir de aquel lugar, rompía el día en París. El horizonte rojizo nos recibía y caminamos de regreso a ninguna parte. A la orilla del Sena nos detuvimos, quizás preguntándonos ¿ahora qué? Y fue en ese momento, con Marie al frente, mirándome fija a los ojos con esa inescrutable mirada, dueña de mí, mientras le amanecía París a la espalda cuando yo supe por qué demonios llamaban ciudad luz a aquel destino tantas veces soñado. Lo vi en sus ojos.


©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 1 de diciembre 2006