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martes

Mujer escéptica

Ha dormido siempre frente a la habitación de sus abuelos y todavía cuando él se viste acelerado para dirigirse a un trabajo al que siempre llega tarde, se inquieta pensando que ellos van a entrar a sorprenderla. Lo mira mientras se cubre del frío con las mantas y aparta de su vista el flequillo negro y liso que siempre la ha acompañado. Él sale apresurado mientras le lanza un beso silencioso. Sube en el coche tratando de negarse todo lo que hará que esa nueva relación no vaya a funcionar. Se olvida de su edad, y de su hijo, de su taimada exmujer y su familia, y solo piensa en el olor que le deja su cuerpo al despertar.

Ella escucha como el coche se aleja en la distancia y se adormece de nuevo pensando en él. No cree que vaya a ser el hombre de su vida -aunque tal vez lo crea- sólo porque ya no le gusta pensar en esas cosas. Hubo un tiempo en el que le gustaba ilusionarse, hablar de príncipes azules  y de amores para toda la vida pero ahora ha perdido esa inocencia y han cambiado muchas cosas. Ya no necesita alguien en quien sostenerse ni proyectos de futuro. Le basta con vivir el presente y no pensar más allá de este tibio amanecer. 

Acaba de cumplir los veinte años.

En el mismo lugar

Todo estaba en el mismo lugar. 

La mesa desvencijada frente a la ventana por donde se filtraban exánimes las últimas luces del día. Los libros abiertos sobre ella, los poemas marcados, los versos subrayados. Los gastados papeles llenos de palabras y tachaduras. Llenos de sueños y de arrepentimientos. Los grabados en la pared de la derecha, ocultándose del día y las estanterías desordenadas a la derecha donde se mezclaban en perpetua orgía la pintura y la escultura, la literatura, la muerte y también la vida. La colina al fondo del paisaje, el penetrante olor a madera vieja y el crepitante crujir de los pasos que se acercan y se alejan de la mesa con el apagado ritmo de un antiguo vals. 

Estaba todo tan, tan, en el mismo lugar, que por un momento dudé que hubiera transcurrido un siglo desde aquella huida sin retorno.


Maradona by Kusturica

Por fin he visto la película del gran Emir Kusturica sobre el grandísimo Diego Armando Maradona. Cuando dos personajes tan extraordinarios se cruzan, pese a que ni siquiera hablen el mismo lenguaje ni tampoco el mismo idioma, terminan entendiéndose de una forma especial. La manera en que los genios conectan. Y el resultado son flashes del Dios del fútbol todavía no vistos, o vistos desde una óptica diferente. He disfrutado mucho. Maradona me sigue emocionando, pese a todo.




lunes

El tiempo no espera


Hay determinados retratos de nuestra vida que uno piensa que permanecerán para siempre. Asumimos con trabajada naturalidad los cambios, los amores que vienen y van, el trabajo, las nuevas amistades, la vorágine de nuestro día a día. Pero hay algunas cosas que parecieran estar a salvo del tiempo. 

En mi caso, una de esas cosas es la figura de mi abuela yendo y viniendo de su cocina al salón para ponernos de comer cuando íbamos a verla, siempre con una sonrisa de orgullo por el simple hecho de tenernos allí. Pareciera que no haya pasado el tiempo desde que empecé a visitar su piso sin ir de la mano de mi madre. La visitaba con Meli, luego durante mucho tiempo con Isa y últimamente lo hacía sólo o con mi hermano pequeño. Durante todos esos años hay algo que nunca cambió: su eterna sonrisa por tenernos allí.

Uno piensa que las cosas nunca van a cambiar y de repente, así, de repente, ella se encuentra postrada en la cama de un hospital aguardando un diagnóstico y llorando a veces porque lo que ella quiere no es estar allí sino cocinar el pollo en salsa y que sus nietos vayan a verla a su piso, no a la triste habitación de un triste hospital. Uno piensa que las cosas nunca van a cambiar y de repente han cambiado y entonces lo que uno querría es recuperar todo el tiempo perdido, y arrepentirte de todas las semanas que no fuiste a verla porque tenías otras cosas que hacer. Siempre hay otras cosas que hacer cuando uno piensa que la escena -mi abuela, su cocina, su sonrisa- no cambiará.

Pero el tiempo no espera.