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domingo

The neverending story

Llega un tiempo en que la Nada se hace cierta
camuflada de historias que no ocurren
y los pantanos de tristeza inundan la ciudad.
Amenazan con recuerdos y certezas,
con nostalgias cuarteadas por la sal.

En esos tiempos de lluvia y de temblar
es mejor descansar en los sueños de la infancia
los únicos tronos verdaderamente conquistados
los reinos que aún nos quedan por salvar.

Andar en busca de tesoros
con ballenas, mosqueteros y simbads,
enredarse en interminables historias
volver a Fantasía, y desde allí...
de nuevo comenzar.

©José Luis Pineda Requena

miércoles

Hay amores

Yo conozco el amor porque lo vi de frente.

Todavía hoy, cuando ya no me restan fuerzas para levantarme de este mugriento lecho que la muerte ronda cada noche, puedo recordar como si sucediera ahora el primer día en que la vi tras de aquella ventana entornada, y puedo ver el blanco inmaculado del vestido que cubría su piel morena, inalcanzable y soñada, su mirada tímida y el caer de sus párpados incapaces de sostener la mirada mi asombro. Todavía hoy puedo recordar como caminé hasta aquel desvencijado escritorio, desorientado y aturdido, con la respiración dificultada por este ahora viejo corazón que amenazaba partirme las costillas latiendo como si quisiera escapar hacia ella de la cárcel de mi pecho.

Todavía hoy puedo recordar mi primera carta y mis primeras letras, temblorosamente ciertas, y la zozobra en su respuesta y la réplica y la réplica de cada réplica que en aquellos meses se sucedieron. Yo supe de cierto que aquello era el amor. Lo supe como no había sabido ninguna otra cosa en mi vida, como supe también que podría esperarla para siempre y que sería capaz también de morir por ella que tanto todo lo había cambiado a mi alrededor. Pero nada de eso sucedió. Esa maldita enfermedad que ahora llaman cólera la arrebató del mundo y también de mí y convirtió mi existencia en un caminar deambulante y gris, en una borrachera de desconcierto y de miseria.

La busqué siempre, por más que ya no estaba ni habría de volver. Traté de encontrarla en los cuerpos de vírgenes inmaculadas, de solteras enviciadas y entristecidas viudas. La busqué en todos y cada uno de esos cuerpos de mujer con que en mi vida tropecé. A ella, la única expresión del amor que aún recuerdo. Y no hallé sino desolación y nostalgia, y rabia y llanto. Y no dejé sino cadáveres en mi camino. Pagué el dolor con dolor y su ausencia con desdicha. Me odiaron, las viudas, las solteras y las vírgenes y yo no albergué sino pesadumbre y melancolía, soledad y tristeza. No alimenté un ápice de esperanza, ni siquiera tras los hijos que me atribuían y que yo rehusé, incluso ese muchacho, Florentino creo que le llaman, que trabaja en la compañía fluvial y que tanto dicen que se parece a mí. Nadie puede parecerse a un muerto ni ser hijo de quien nada espera.

Por eso ahora, que todavía recuerdo, y que la muerte acecha persistente tras la puerta, y que no tengo pena ni amargura, ni palabras amables ni lamento, lo único que me duele de que vaya a morir, es que no voy a hacerlo por amor.

Pio Quinto Loayza, padre de Florentino Ariza

©José Luis Pineda Requena

lunes

Lo vi

Estaba allí, resguardado de la lluvia en el perfecto refugio en que a veces se convierten los libros de una biblioteca. Entre apuntes de histología general e injerencias al modelo lineal se encaramó a ellos, silencioso, e hizo que sus ingenuos labios se rozaran, y que se tocaran sus manos blancas sobre un laberinto de lápices. No pudieron verlo pero yo sí. Lo reconocí al instante. Y la lluvia siguió golpeando los cristales y los libros fueron coartada de esta resignación ahogada.

Yo lo vi. Pero ya no me pertenece.

©José Luis Pineda Requena

domingo

Ángel González

Yo a Ángel González lo conocí muy tarde, hace ahora casi tres años y medio, en una tarde de tragedia en el ambiente, cuando me acercaba al precipicio de mi vida. Lo encontré sin darme cuenta y fue mucho después, cuando ya todo era oscuro y cruel, cuando él me ayudó a levantarme, a trepar de nuevo, a saber seguir viviendo.

Siempre fue el mejor poeta vivo que conozco y ahora tendré que buscarle otra forma para definirlo. Es lo bueno que tienen los poetas grandes, que sus muertes no son menos dolorosas, peros sí son menos muertes, porque él siempre estará.

Descanse en paz y siga haciendo versos, dondequiera que haya ido.

Todos ustedes parecen felices...

...Y sonríen, a veces, cuando hablan.
Y se dicen , incluso,
palabras
de amor. Pero
se aman
de dos en dos
para
odiar de mil
en mil. Y guardan
toneladas de asco
por cada
milímetro de dicha.
Y parecen -nada
más que parecen- felices,
y hablan
con el fin de ocultar esa amargura
inevitable, y cuántas
veces no lo consiguen, como
no puedo yo ocultarla
por más tiempo; esta
desesperante, estéril, larga
ciega desolación por cualquier cosa
que -hacia donde no sé-, lenta, me arrastra.

Ángel González

(Foto: Santos Cirilo. Fuente: El país)

jueves

Puntos

Punto y seguido

Ella imploró otra oportunidad, lo hizo entre llantos y suspiros, con voces roncas que ahogan palabras mil veces dichas e ingenuos arrepentimientos sobre la pálida piel. Entre promesas de cambio y esperanzas de futuro, le suplicó agarrándose a las certezas del pasado, a lo que fue verdad un día y tal vez ya no fuera nunca más. Apretó el tal vez, evocando los días de sol con lluvia donde todo era azul. Le recordó los puentes sobre el río, uno por uno, y la escarcha del coche en las mañanas, y los guantes perdidos, y el desorden de su orden. Él no tenía nada ni nadie en quien creer y el tiempo que vendría le pareció un abismo demasiado insoportable, así que transigió, y acordándose de aquel soneto de Sabina, decidió que al punto final de todos los finales le siguieran unos puntos suspensivos.

Puntos suspensivos

Lo que viene detrás de unos puntos suspensivos es algo absolutamente impredecible. Las ortografía dicta que tras ellos se ha de vislumbrar el temor o la duda, o lo inesperado y extraño de lo que vendrá después. Pero los puntos suspensivos también son puertas abiertas a otra historia con los mismos personajes, o distintos. Ella y él. La misma historia en todos los rincones del planeta. Las infinitas ramificaciones de una trama que siempre ha de tener el mismo patético final. Todo es cuestión de apreciación, de la prolongación de los puntos suspensivos, de la repetición de los mismos, de la capacidad de malabarismo. La misma historia contada de mil formas distintas. Las mil historias que son siempre la misma. Con la única diferencia del tiempo que marcan unos puntos suspensivos.

Punto y final

Al final llegó el final. Aquel punto final que una vez decidieron prolongar. Escribir en la misma línea, ni siquiera hacer un punto y aparte, ohhh, que ilusos. No, aquel travestismo artificial y forzado del punto final que terminó por regresar en la venganza de todas las venganzas. El mismo final de todas las historias. Ella y él. La conclusión que es también comienzo. Las cuartillas pulcramente emborronadas que no dejan sitio sino para el punto y final que siempre llega tras los puntos suspensivos.

Y la hoja en blanco que aparece, donde todo comienza de nuevo.


©José Luis Pineda Requena