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miércoles

Siempre lo mismo

Había pasado mucho tiempo. Tenía los ojos hundidos en un rostro artificialmente estirado que trataba de disimular las huellas del exceso, la piel blanquecina, un traje elegante, unos distinguidos movimientos que no siempre le pertenecieron.

Se deslizó de un lujoso coche y mientras se acercaba lentamente y buscaba el abrazo, la sonrisa antigua se le dibujó en la cara y sus ojos estuvieron menos hundidos y su piel menos estirada. Tantos años después, con tanta vida a las espaldas, todo había vuelto al principio. Siempre había sido lo mismo. Tuvieron miedo estar solos.

©José Luis Pineda Requena 
Córdoba, 29 de abril de 2009

martes

Decepción


Se habían amado mucho pero un día Marta lo decepcionó. No pregunten cómo ni por qué, el caso es que por primera vez desde que su amor se había hecho carne, Enrique se había encontrado con la DECEPCIÓN.

La DECEPCIÓN fue demasiado para Marta. Por más que lo intentó, no pudo hacer que él olvidara todo lo que ya había sucedido. Andaba taciturno y misterioso, como ido, hasta que por fin un día le dijo que no podía más, que no le quedaba más amor para ella. Habían terminado.

Ella tuvo la culpa de todo: María Decepción Fernández Muñoz.

©José Luis Pineda Requena


lunes

Cosmopoética 2009 - Versos sumados

De momento sólo tengo este vídeo, pero tengo que conseguir algún otro en el que salga Antonio también leyendo. También me faltan algunas fotos que añadiré algún día, o no.




viernes

Échale a él la culpa

La lectura fue un éxito. Nos divertimos un montón, la gente salió muy contenta, y nosotros nos tomamos nuestra cervecita tan felices de haber aportado nuestro granito de arena en esa primaveral tarea de acercar la poesía al mundo.

Esta semana quiero dejar uno de los poemas que más nos gustaron -por lo divertido y real- de los que leímos que no eran nuestros, para goce de todos los que no estuvieron allí y no conozcan a este poeta.

Échale a él la culpa

A José María Álvarez y Carmen Marí

Hoy te has ido de fiesta con amigas,
y sin que tú lo sepas me regalas
un tiempo de estar solo que ya empieza
a ser raro en mi vida, un tiempo útil
para intentar pensar en ti como si fueras
lo que siempre debiste seguir siendo
cuando pensaba en ti: aquella persona,
en todo semejante a cualquier otra,
que una noche lejana tuvo el gesto
generoso y extraño de entregarme su amor.
Pero el amor nos cambia, nos convierte en espías
ridículos del otro, en implacables jueces
que condenan sin pruebas y comparten
sus estúpidas penas con el reo.
El amor nos confunde y trata ahora
de que vea en tu fiesta una traición.

Por huir de esa trampa me amenazo
con los nombres que cuadran al que cae en su vacío:
egoísta, ridículo, inseguro, celoso...
Y como un ejercicio de humildad pienso en ti
divirtiéndote sola: te imagino bailando
y mirando a otros hombres;
al calor del alcohol
confiesas a una amiga algunas cosas
que te irritan de mi sin que yo lo sospeche,
y por unos instantes saboreas
una vida distinta que esta noche te tienta
porque eres humana, aunque no me haga gracia.

Ahora caigo en la cuenta de que dudas
como yo dudo a veces, y que también te aburres,
y que incluso algún día habrás soñado
follar como una loca con el tipo que anuncia
la colonia de moda.
Para calmarme un poco
tras la última idea, yo me digo
que el amor es un juego donde cuentan
mucho más los faroles que las cartas,
y procuro ponerme razonable,
pensar que es más hermoso que me quieras
porque existen las fiestas, y las dudas,
y los cuerpos de anuncio de colonia.

Lo que quiero que sepas es que entiendo
mejor de lo que piensas ciertas cosas,
que soy tu semejante, que he pensado besarte
cuando llegues a casa; y que es el amor
-ese tipo grotesco y marrullero-
el que va a hacerte daño con palabras
absurdas de reproche cuando vuelvas,
porque ya estás tardando, mala puta.

Vicente Gallego, La plata de los días