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Parábola del escritor

Empezó a escribir en la ciénaga de su dolor. Entre lodos y aires asfixiantes que ahogaban su mundo, impidiéndole el necesario don de la respiración. Buscaba desesperadamente algo a lo que agarrarse y juntaba letras para inventar tablas de salvación, lugares donde el horizonte no estuviese sucio, donde la brisa no fuese tan densa, lugares donde poder respirar. Trataba de gritar con la voz callada, en silencio, lanzaba botellas al mar, una tras otra, sin parar. Y el mar las engullía, sin dilación, acompasadamente, mientras su mirada esperaba respuestas que nunca arribarían. La arena de aquella playa se había vuelto negra y fría, tanto que entumecía sus pies descalzos obligándolo a estar anclado, soportando, simplemente esperando. A veces se olvidaba de su propia existencia y escribía para recordar, solo gritaba recuerdos al vacío. Aullaba en la noche y en el día y nadie, absolutamente nadie, entendió aquel idioma, abandonado como estaba en aquella isla de tierra negra, fría, dolorosa. Ninguna botella regresó, pero con cada una que lanzó, mitigó el olor a azufre, el ambiente irrespirable, hasta que un día decidió abandonar aquellas playas, para instalarse en un sofá ardientemente rojo. Como el amor que había entregado.

El sofá tenía cinco metros a un lado y tres al otro. Era un sofá majestuoso en forma de ele que alguna vez había oído denominar con una palabra francesa que nunca lograba recordar. Eso le permitía espacio para ordenar dos habitaciones. En el lado más pequeño había instalado el dormitorio y en el más grande, un saloncito minimalista donde pasaba las horas entre lecturas y escrituras. Hasta que olió por primera vez aquel maravilloso sofá, no recordó el aroma fresco que desprende una rosa roja que había olvidado en lo más recóndito de su memoria. Era un olor que le inspiraba punzándole el corazón. Le hacía recordar que los olores también tienen un color. Aquél era único, inequívoco, el olor rojo del amor. Allí continuó escribiendo, ahora sin gritos, más pausado, imaginando amores por doquier. Escribía con unas magníficas plumas de urogallo enormes que al sofá le salían en uno de sus lados. Escribía sobre el papiro que emanaba de las paredes agradecidas. Mojaba la pluma en el rojo del sofá. Allí estuvo siglos e inventó todas las historias de amor que no pudo vivir. Escribió al amor, escribió del amor, escribió por amor, sobre amor, entre amor, con amor. Imaginó todas las historias que le hubiera gustado tener, las que ya no podría recuperar jamás, las que podría estar viviendo mientras se consumía en aquel precioso sofá. Inventó al ritmo de sus sueños. Todas las que podrían venir después. Si es que alguna vez había después. Para descansar de su éxtasis caminaba altivo sobre el sofá y así, un día los vio. Había decenas de ellos, todos observando. Lo escrutaban con las miradas. Eran el rostro de la expectación. Lo esperaban. Tardó en comprender, pero cuando lo hizo, empezó a arrojarles sus historias. Cientos de papiros manuscritos de un olor rojo. Ellos las devoraban con ternura, les alimentaba. Y así, conforme arrojaba papiros al aire, cada vez a un ritmo mayor, como un loco, el sofá fue perdiendo toda su efervescencia. Aquel rojo fue tiñéndose de pálido. El olor de las rosas se empezó a difuminar y él, consciente de la debacle, antes de que el que había sido su palacio perdiera toda la esencia y ante la admiración de todos aquellos que devoraban sus historias, saltó. Sin tiempo a recoger siquiera la última pluma que a duras penas emanaba del sofá entristecido.

Y ya no pudo escribir ni una palabra más.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 09 de enero de 2006

6 comentarios:

Yolanda dijo...

Esta vez he llegado la primera.

Bonito texto, cargado de metáforas y sensibilidad. Despiera la imaginación y evoca sensaciones.

Como la vida… el escritor, se inicia, busca su lugar, pasa por cambios de etapa, se encuentra, se da a los que le siguen y obtiene sus respuestas, rellena con sueños sus vacíos; pero… finalmente se agota. Un nuevo ciclo.

Genial.
Un saludo.

Pablos dijo...

Sí, Capitán, creo que ésa era la puerta que tenías que abrir. El relato tiene una voz propia y mil sugerencias. Hoy no te digo lo que me gusta menos: el texto es muy superior a los errores.
Enhorabuena.
Por cierto, si no quisiste poner "olor rojo", no lo corrijas, es magnífico.
Saludos.

Capitán Alatriste dijo...

Gracias a ambos por vuestros comentarios.

Y sí, sí quise poner olor rojo. Hay olores con color. Hay colores que huelen.

Anónimo dijo...

me gusta tu relato Capitán, pero no se deje influenciar tanto, escriba como lo hace y no le haga caso a ese Señor acaso es...
¡William Shaspeare!

Isthar dijo...

Es verdaderamente hermoso, capitán :)

Amador dijo...

Escribes muy bien. Voy a ver si me pongo y leo tús relatos, aunque me llevará un tiempo.
Si quieres hermanamos nuestros blogs, aunque dime tú si te apetece, porque creo que el tuyo es más íntimo y puede que no te apetezca que lo lea todo el mundo.
Un saludo. Amador.