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lunes

Era yo


http://www.cordobadeporte.com/indice.phtml?articulo=128169


La pasión por el fútbol es un sentimiento irracional. A un punto es absurda, estúpida. Cualquier aficionado que se haya cuestionado los porqués sabrá de lo que hablo. Ser hincha del Atleti lo multiplica todo hasta hacerlo casi irrespirable. Todo es mucho más ilógico, si cabe. La victoria, la derrota, la emoción, la zozobra y sobre todo, la pasión. Cuando se juega un derbi, el factor multiplicador es recursivo. En un partido contra el Madrid se reúne todo, multiplicado hasta el infinito. La locura.

Entre la amalgama de sensaciones que despierta un derbi como el del pasado sábado es difícil discernir, analizar, porque esos partidos son todos tan iguales. Tan diferentes. Pero esta vez me olvidaré de todo lo que rodea al antes, durante, después del partido para llegar sin recordar nada más hasta el minuto once, en el que un balón cae de la derecha y se produce la imagen mil veces pensada, la escena soñada hasta el aburrimiento. Lo vi de frente, no de perfil como se vio en la televisión. Yo lo vi de frente con las piernas cansadas y la garganta rota, entre miles de adictos a lo distinto, a la incomodidad del que siempre lucha y lucha y lucha sin otro objetivo que ese, lo vi entre riadas de rojo y blanco. De frente.

Cuando el balón cruza la delgada pero infinita línea que lo separaba, que nos separaba, de hacerle un gol a ese equipo, a mi alrededor se desborda la locura. La más cercana y real manifestación de la locura. Pero esta vez no, esta vez no me dejo llevar por esa marabunta de cuerpos arrojados, de rostros desencajados, de gritos roncos y desesperados. Esta vez, con todo el esfuerzo exigible, me mantuve en pie, sujetándome, mirándolo, sin pestañear. Fue así como pude verlo, tal como sucedió y en el momento en que sucedió, tal como siempre lo había soñado. Fue así como oí mi rabia en su grito, fue así como sentí sus puños apretados a la par que los míos y como las rayas rojiblancas se fundían en su piel. Fue así como lo vi caer de rodillas, mirándome, mirándonos, agarrando sus colores con la furia contenida de todas las miles de almas irracionales que esperaban esa escena. Fue la misma escena que soñé desde niño, cuando ni siquiera había televisión para cada partido y uno escuchaba los domingos la radio del coche de su padre. Cuando no había estrellas mediáticas. Cuando uno soñaba no con ser millonario y tener fama, sino con gritar un gol como ese y apretar los puños y mostrar la camiseta henchido de orgullo a todos los que sueñan como tú.

Después podría hablar del robo, de la injusticia, del resultado, de la decepción. Pero eso sería algo normal, a lo que todos estamos acostumbrados. Sería algo banal, incluso de mal gusto. Y no es momento para eso el día en que me vi como cuando era infante reflejado en ese niño dios que siente la camiseta tal y como la siento yo. Tal y como cualquier aficionado al fútbol, desde su irracionalidad, soñaría que un jugador de su equipo la sintiera. Tal y como el fútbol debería ser. Así es Fernando Torres, más allá de otras cosas. Es alguien distinto, especial, es un niño que soñó con eso, como yo. Es una bendición que nos recuerda con exactitud en cada gesto, en cada entrega, incluso a los ajenos, tal y como el fútbol debería ser.

Gracias.


viernes

El público



Bueno, quería informaros a unos y recordaros a otros que mis minutos de gloria televisiva están cada vez más próximos. Así que no hagáis planes para el próximo domingo 18 (o sea, éste) ya que estaré a través de las ondas a las 19.30 en el programa El público, de Canal 2 Andalucía.

El encuentro es con la escritora Ángela Becerra y el libro "Lo que le falta al tiempo"
(http://programaelpublicotv.blogspot.com/).

Sé que pagaré caro no haber hecho caso a mis asesoras de estilo, pero aun así espero dar una buena imagen televisiva, jaja. No os lo perdáis. Estoy seguro que tendremos más audiencia que el Valencia-Barcelona.

Ahh! y una cosa muy importante. No hagáis mucho caso a la presentación que me hacen porque no la corrigieron y dicen barbaridades como que Prada es uno de mis autores favoritos...pero bueno, será una buena anécdota que contar en mis venideros días de fama, jajajaja.

Besos.


lunes

Cambio de rumbo

Bueno, quiero decir que voy a cambiar de rumbo en el blog. He cumplido con más o menos regularidad la costumbre de colgar un relatillo por semana, pero ahora creo que voy dedicarme a escribir otras cosas que quizás no sean para colgarlas en el blog. No sé. De cualquier manera, algo se me escapará de vez cuando. Y trataré de ser más disciplinado con la pestañita de "mis libros" que la tengo un tanto abandonada.

Gracias a todos los que me habéis seguido fielmente. Seguiré por aquí.
Besos.

jueves

Parábola del escritor

Empezó a escribir en la ciénaga de su dolor. Entre lodos y aires asfixiantes que ahogaban su mundo, impidiéndole el necesario don de la respiración. Buscaba desesperadamente algo a lo que agarrarse y juntaba letras para inventar tablas de salvación, lugares donde el horizonte no estuviese sucio, donde la brisa no fuese tan densa, lugares donde poder respirar. Trataba de gritar con la voz callada, en silencio, lanzaba botellas al mar, una tras otra, sin parar. Y el mar las engullía, sin dilación, acompasadamente, mientras su mirada esperaba respuestas que nunca arribarían. La arena de aquella playa se había vuelto negra y fría, tanto que entumecía sus pies descalzos obligándolo a estar anclado, soportando, simplemente esperando. A veces se olvidaba de su propia existencia y escribía para recordar, solo gritaba recuerdos al vacío. Aullaba en la noche y en el día y nadie, absolutamente nadie, entendió aquel idioma, abandonado como estaba en aquella isla de tierra negra, fría, dolorosa. Ninguna botella regresó, pero con cada una que lanzó, mitigó el olor a azufre, el ambiente irrespirable, hasta que un día decidió abandonar aquellas playas, para instalarse en un sofá ardientemente rojo. Como el amor que había entregado.

El sofá tenía cinco metros a un lado y tres al otro. Era un sofá majestuoso en forma de ele que alguna vez había oído denominar con una palabra francesa que nunca lograba recordar. Eso le permitía espacio para ordenar dos habitaciones. En el lado más pequeño había instalado el dormitorio y en el más grande, un saloncito minimalista donde pasaba las horas entre lecturas y escrituras. Hasta que olió por primera vez aquel maravilloso sofá, no recordó el aroma fresco que desprende una rosa roja que había olvidado en lo más recóndito de su memoria. Era un olor que le inspiraba punzándole el corazón. Le hacía recordar que los olores también tienen un color. Aquél era único, inequívoco, el olor rojo del amor. Allí continuó escribiendo, ahora sin gritos, más pausado, imaginando amores por doquier. Escribía con unas magníficas plumas de urogallo enormes que al sofá le salían en uno de sus lados. Escribía sobre el papiro que emanaba de las paredes agradecidas. Mojaba la pluma en el rojo del sofá. Allí estuvo siglos e inventó todas las historias de amor que no pudo vivir. Escribió al amor, escribió del amor, escribió por amor, sobre amor, entre amor, con amor. Imaginó todas las historias que le hubiera gustado tener, las que ya no podría recuperar jamás, las que podría estar viviendo mientras se consumía en aquel precioso sofá. Inventó al ritmo de sus sueños. Todas las que podrían venir después. Si es que alguna vez había después. Para descansar de su éxtasis caminaba altivo sobre el sofá y así, un día los vio. Había decenas de ellos, todos observando. Lo escrutaban con las miradas. Eran el rostro de la expectación. Lo esperaban. Tardó en comprender, pero cuando lo hizo, empezó a arrojarles sus historias. Cientos de papiros manuscritos de un olor rojo. Ellos las devoraban con ternura, les alimentaba. Y así, conforme arrojaba papiros al aire, cada vez a un ritmo mayor, como un loco, el sofá fue perdiendo toda su efervescencia. Aquel rojo fue tiñéndose de pálido. El olor de las rosas se empezó a difuminar y él, consciente de la debacle, antes de que el que había sido su palacio perdiera toda la esencia y ante la admiración de todos aquellos que devoraban sus historias, saltó. Sin tiempo a recoger siquiera la última pluma que a duras penas emanaba del sofá entristecido.

Y ya no pudo escribir ni una palabra más.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 09 de enero de 2006