La grandeza del Atlético de Madrid es distinta porque se forjó en una lucha desigual. Ya desde el inicio de su historia, el Atleti nació a contracorriente y a la sombra del tenebroso poder, comenzó una historia que todavía continúa. Una historia de lucha y desventaja, de resignación a veces, de orgullo siempre. La grandeza del Atleti es distinta porque se forjó a sí misma a la sombra de un gigante al que nunca temió y hubo un tiempo en el que la grandeza del Atleti fue tan tan grande, que hasta el gigante menguó.

El Atleti es el triunfo de lo humilde, la hermandad sincera, la constancia imperecedera de quien nunca recibió sino la ayuda de los suyos, la rebelión a lo pactado, el triunfo de la calle.
El rojo y el blanco son los colores invisibles de una estirpe que se reconoce en las miradas, en las victorias sufridas y en las inevitables e hirientes derrotas.
El Atleti es el antónimo necesario, la pócima ante la arrogancia, es la tortura y la vida, el sentimiento. Del Atleti son los poetas y roja y blanca la tinta de sus versos.
El Atleti es alegría y es tristeza, es el sueño del pueblo, la esperanza eterna. Es deseo, frenesí, delirio, es amor y conmoción.
La grandeza del Atleti es tal que incluso un humilde juntaletras como el que susbcribe esta columna empieza a escribir un artículo para felicitarle el cumpleaños y termina juntando inexplicables versos de emoción.
Porque el Atleti es eso, algo más que una simple afición, mucho más que una religión, el Atleti, y lo digo con mayúsculas, es la auténtica PASIÓN.
¡Felicidades!
