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miércoles

Problemas a raya

Llegó un momento de su vida en el que encontró una fórmula mágica para enfrentarse a las adversidades. Cada vez que algo le preocupaba, cada vez que algún dolor, preocupación o malestar llegaban a su vida, él tenía un remedio, el mismo remedio mágico.

Caminaba hasta el parque y se buscaba un banco en el que no hubiera nadie. Una vez allí se sentaba, cerraba los ojos, relajaba piernas y brazos y utilizaba su desazón como punto de partida de una nueva historia que conduciría hacia un final feliz. Así, si su mujer le había gritado por beber demasiado, él recordaba aquella maravillosa vez en que un grito como aquél le hizo abandonar su casa y embarcarse en un marino mercante buscando aventuras. Conocer puertos y mujeres hasta encontrar aquélla que él supo que sería la mujer de su vida aunque realmente no lo fuese, o lo sería hasta que no le gritase de nuevo y tuviera que inventar otra historia diferente. Si un día el tobillo le dolía, se imaginaba de mayor, sufriendo con orgullo aquel dolor crónico consecuencia de la metralla incrustada en aquel fatídico día de aquella fatídica guerra de la que podría dar tantos detalles por más que nunca hubiese estado en ella.

Una vez terminada su historia, regresaba caminando y ya las cosas se veían de otra manera. Todo estaba relativizado. Se sentía bien, aliviado. Inventó cientos de historias, cientos de personajes que eran todos él y cada vez, las visitas al banco desocupado del parque eran más frecuentes, y más largas. A veces, al llegar a su casa, todavía se sentía aquel bolchevique ruso o aquel bravo del siglo diecisiete. Pero funcionaba. Los problemas se mantenían a raya aunque a veces él se sintiera desubicado e incluso empezase a confundir quién era quién en aquel juego.

Un día, no supo regresar de su terapéutico banco. Quedó atrapado por sus historias y sus personajes. Se volvió loco, como todos. Y ya nunca volvió a tener preocupación alguna.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 2 de septiembre de 2009


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