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lunes

Poesía


Se ha suscitado en torno a mí un interesante debate en estos días acerca de qué es exactamente la poesía y que papel debiera jugar. He reclutado opiniones de todo tipo, cercanas y diametralmente opuestas. Que si la poesía no sirve para nada, que si es una absoluta e ininteligible estupidez, que si es algo absolutamente imprescindible. Y luego sobre el tipo de poesía, que si hoy cualquier cosa es un poema, que si los poetas ya ni siquiera riman. Que si es todo tristeza y dolor, que si es imprescindible para sobrevivir al amor y a la melancolía.

Una importante tormenta de ideas que me ha hecho reflexionar bastante acerca de qué es o significa la poesía para mí. Mi opinión es más o menos conocida. Es difícil acotar cuando se habla de poesía, y cuando es difícil acotar cabe casi todo, incluso lo que suena falsario e impostado. Cosmpoética empieza a vislumbrarse en el horizonte y será un excelente marco para continuar este interesante y probablemente infructuoso debate. Trataremos de alentarlo. Manténganse a la escucha.

viernes

Galesnjak

Para quien todavía no haya encontrado un lugar donde poder celebrar este pseudo-inventado o asimilado día de San Valentín, les dejo un lugar bastante apropiado para hacerlo.

Es un islote croata del que estuve muy cerca cuando todavía no sabía de su existencia.

jueves

Kieran Doherty

Se llamaba Kieran Doherty y era de Belfast.

Desde que nos conocimos solíamos vernos cuatro o cinco veces por año. Siempre en el mismo lugar y más o menos de la misma manera. El venía a Dublín a pasar el fin de semana y nos emborrachábamos en el O’Sheas, un destartalado pub situado en una oscura calleja del corazón de Temple Bar. Su cerveza favorita era la Smithwick's, odiaba la Guiness. Debía de ser la única cosa de Irlanda que no le gustara.

Kieran era un tipo normal, que tenía una familia normal, una novia, unas inquietudes. Y un sueño por encima de todos: ver a una Irlanda unida y libre. Las contadas veces que nos encontrábamos teníamos tiempo para hablar de todo. De ponernos al día, de maldecir el trabajo, de recomendarnos poetas. Él siempre me instaba a echarme novia y yo le preguntaba por Geraldine, a la que a veces traía consigo y entonces las noches eran mucho más variadas y entretenidas. Hacían buena pareja, se querían. Cuando estaba con Geraldine y aun cuando yo le preguntaba o le hablaba de ella, a él se le enternecía el gesto casi tanto como cuando hablaba de Irlanda. Al alcanzar la cuarta o quinta pinta, la conversación siempre giraba hacia el mismo lugar: Irlanda del Norte y los ingleses, los jodidos perros ingleses, como a él le gustaba llamarlos. Antes de adentrarnos en las profundidades del problema, siempre le bromeaba diciendo : - estás enfermo, tienes el síndrome de Michael Collins , ¿nunca vas a curarte de eso? Pero él, que era un tipo divertido por lo general, no solía bromear con según que temas.

Los setenta llegaban a su fin y eran tiempos duros en Belfast. La represión inglesa se hacía más despiadada que nunca y eso, lejos de persuadir las agresiones del IRA terminaba por aumentarlas. Siempre tuve la sensación de que Kieran venía a Dublín a desahogarse. Y que necesitaba aquella conversación conmigo, cada dos o tres meses, para volver y verlo todo con otros ojos, para hacerlo un poco más soportable. Desde Dublín las cosas se veían de una manera distinta, yo siempre trataba de calmarlo, de quitar trascendencia al asunto, de suavizar el dramatismo de la situación porque Kieran solía exaltarse y siempre terminaba contándome aquella terrible anécdota que yo escuchaba como si fuera la primera vez:

- No puedo, no podré borrarme nunca aquella imagen de la cabeza. Tenía 18 años y acompañaba a la pequeña Mairéad al colegio. Eran dos calles tan sólo. Dos calles. Al cruzar la esquina de Gardiner un convoy se detuvo a nuestra derecha y empezaron a llamarme. Eh tú, ehhh tú, irlandés de mierda, acaso no nos escuchas. Detente ahí. He dicho que te pares asqueroso irlandés de mierda. Yo iba con la niña, apreté su mano contra la mía y no levanté la vista del suelo. Se acercó un soldado y sin mediar palabra metió el cañón de su fusil en mi boca. Cuando yo te diga que te pares tienes que pararte ¿entiendes? ¿O acaso quieres que te vuele la tapa de los sesos sucio irlandés de mierda?. Trataba de no temblar para que Mairéad no se asustase y en ese momento aquel hijo de puta sacó su fusil de mi boca para ponerlo sobre la frente de la niña. ¿O prefieres que nos carguemos a esta zorrita antes de que se convierta en la misma escoria que todos vosotros? No sabía que hacer. Simplemente cerré los ojos y me estuve quieto. Mairéad comenzó a llorar. Cuando ya se habían ido cogí a la niña en brazos y traté de consolarla. Regresé a casa, aquel día no fue al colegio. Y yo supe con certeza que no se puede vivir así. 

Kieran estuvo un tiempo sin venir y cuando llamaba a su casa para preguntar por él la familia me ponía excusas que yo siempre me creí. Nunca supe nada, como Geraldine. Por eso me sorprendí tanto cuando aquel mediodía vi su foto en el reportaje que la televisión emitía sobre la 1981 Irish hunger strike. Y también supe que no volvería a verlo, supe que él iba a morir en esa cárcel, desnutrido, obstinado y terco como siempre fue, tratando de ser justo y coherente con el sueño cuya profundidad yo no supe ver. Y recordé a la niña, y a la Irlanda dividida que él no volvería a ver unida y mientras escuchaba todas las mentiras que sobre él se decían en la televisión me sentí derrotado y blasfemé en voz alta contra esos jodidos perros ingleses ante el asombro cobarde de los clientes del bar de un cálido Dublín. 

Era el verano del 81.