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lunes

[M-N] Principio y final

Empecé cuando la situación se volvió insostenible, en un momento en el que las deudas ahogaban y el trabajo no era sino una lejana quimera, cuando la desesperación era el pan de cada día. Después, todo se solucionó. Las deudas se evaporaron y la desesperación se convirtió en una ligera y punzante angustia que me invadía una vez a la semana, cada vez que subía de Algeciras a Madrid con el maletero lleno de no sabía muy bien exactamente qué. Cada vez que me acercaba al control y un sudor frío se me deslizaba por la piel y recordaba los cientos de historias de pequeños narcotraficantes cualesquiera de los que estaban las cárceles llenas, cada vez me juraba que aquélla sería la última vez.

Cuando vi venir a la pareja de guardia civiles tuve la extraña certeza de que había llegado mi hora, de que no tendría la oportunidad de prometerme a mí mismo que sería la última vez. El guardia, un chico joven con un extraño semblante, me miró fijamente. Tuve la terrible certeza de que allí iba a terminar aquel viaje a ninguna parte pero entonces, con una seriedad impropia de la edad que representaba su rostro, se llevó la mano a la frente y con un saludo militar, sin dejar de sostenerme la mirada, me dijo que podía continuar. Lo que por un instante fue el final se convirtió en el principio corroborando esa eterna teoría de la cercanía en los extremos. Aquel chico sabía, y por alguna extraña razón, él y la vida decidieron darme otra oportunidad. Mi juramento se tornó real y ahora me gusta recordarlo cada vez que las cosas se tuercen, porque nada será nunca comparable a la destrucción de la que me liberó aquel firme saludo.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 26 de enero de 2010