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Pinceladas de una década

Hoy es el último día de la tercera década de mi vida. Dicho así suena medio apocalíptico y tal vez lo sea. Hoy fenece mi tercer decenio. El único del que tengo recuerdos detallados, el único que no se difumina en mi memoria. Y por eso quiero hacer un ejercicio de recopilación para poner sobre la mesa mis recuerdos, tal y como ahora los veo.

La universidad empezó a cansarme en los albores de la veintena y un problema económico-familiar lo precipitó todo. Empezó mi andadura profesional en un momento delicado personalmente, pero fue fácil salir a flote porque siempre es fácil salir a flote cuando no se depende de nadie. Mi gente estuvo cerca, ahora lo recuerdo. Mis amigos prestaron su hombro y su consejo quizás por primera vez, por primera vez de verdad. También ya estaba ella. Tan sólo era una niña bonita que me admiraba y quería y yo me dejaba llevar sin ser consciente del todo de lo que tenía delante, de en lo que aquello derivaría. Esos fueron mis comienzos. Mi opel corsa rojo, el trabajo nocturno, la objeción de conciencia. Recuerdo que al principio fue como una liberación obligada, que todo iba encajando, pero pasado un año y medio todo empezó a converger y empecé a no estar muy seguro de nada. Los sueños de grandeza que todo el mundo siempre alimentó en mí vinieron de repente, como fantasmas, a desvelarme, a preguntarme qué sería de mi vida. Y entonces quise triunfar, sin saber muy bien qué significaba aquello. O sí. Y me marché.

Llegaron los años de Madrid. Era un mundo nuevo, deseado. Una gran empresa, una gran proyección, unos grandes objetivos. Todo era grande en aquella ciudad. A Madrid le agradeceré muchas cosas, pero empezaré por haberme permitido conocer Buenos Aires. La experiencia allí vivida, los amigos para siempre bien hubieran valido por todo, pero Madrid me dio más, mucho más. Madrid me trajo mi cercanía al Atlético, otro sueño. Ir andando al Manzanares los días de partido era algo que me ilusionaba sobremanera, por absurdo y estúpido que pueda parecer, y el atlético me trajo más amistades eternas, impagables. Mientras tanto ella seguía ahí, un poco en la sombra, tomando cuerpo. Llegó la proyección y el reconocimiento y los honores. Todo era perfecto, era como estar en la línea de salida para correr los 100 metros lisos en una olimpiada siendo el favorito. Era un sueño, era sentirse un privilegiado. Pero así, casi de repente, sucedió que no quise correr y sé que mucha gente no lo entendió pero quizás por primera vez en toda mi vida tuve algo claro. Ella ya había tomado cuerpo y empezó a ser una parte intrínseca de mí, o al menos así lo recuerdo. Por primera vez sentí que la perdía y agarrándome al tópico, por primera vez supe lo que tenía entre manos. Eso propició el proceso de maduración más importante sufrido hasta el momento. Replanteé todo y supe que no quería nada de lo que tenía, que lo que quería estaba en otro lugar, que el significado del triunfo era otro, incomprensible tal vez, pero absolutamente evidente para mí. Por primera vez valoré más el ser que el tener y aún ahora que ella ya no existe no me arrepiento. La madurez vino a mí. Y regresé.

De mi vuelta recuerdo vacíos y alguna crisis más, sobre todo una que duró un siglo en una semana. Sentimental. Una crisis de la que salí siendo otro quizás. Ella había salido definitivamente de las sombras para convertirse en el eje de mi universo, en la materialización de mis sueños, de toda mi literatura. Y me sentí feliz por eso. Me cambió y también me asustó todo aquello. Era como la revelación de que los libros contaban la verdad, en contra de lo que mis ojos veían en el mundo, en contra de lo que la mayoría de la gente piensa. Reconocí el miedo, y la esperanza, y la sinrazón. Fue ese el momento en que la balanza de nuestra relación se equilibró por primera vez y también ese en el que siguió su progresión y empezó a desequilibrarse en el sentido contrario. Probablemente sí. En ese momento hice de sus sueños mis sueños, entregado ya al concepto de amor eterno tan discutible y gastado hoy. En ese momento quisimos conocer Dublín. Y a su lado, huí.

Dublín fue para mí la felicidad con mayúsculas. No he sido una persona infeliz ni nada que se le parezca pero Dublín lo recuerdo como la personificación en tiempo y lugar de la felicidad más absoluta. Estábamos solos con nuestro amor en aquel mundo inhóspito al principio y aquello estableció unos lazos de amor y felicidad absolutos. Quizá desvirtuados, quizá ficticios, deformados por la realidad puntual. Pero sin hilar tan fino aquello forjó recuerdos indelebles. Miradas, sonrisas, llantos, momentos imborrables. Vínculos que creía irrompibles pero incomprensiblemente, nada es irrompible. Dublín me trajo los despertares más bonitos jamás soñados. Aquellos despertares fueron mi iniciación en la dicha absoluta. Los recuerdo con nostalgia, con una mirada perdida y una sonrisa entornada. Porque ahora parecen irreales, pura literatura. Pero existieron. Y sucedió que seguimos el guión establecido, y volvimos transcurrido el año de excedencia, y todo aquello se difuminó como lo hace el humo de este cigarro y ese fue el final de un cuento de hadas. El final de mi cuento de hadas.

Los últimos dos años han sido los peores, sin duda. Todo transcurrió acorde a la normalidad y llegué a ese punto en que un hombre cree haber encontrado el sentido de toda su vida. Sinceramente yo creí estar en el punto de partida de toda mi existencia. Lo anterior pareció un mero preámbulo. Sinceramente me sentí orgulloso de cómo había llegado hasta allí. Y cuando creía estar en ese lugar de arranque, justo en ese momento la vida me dijo no. Ella dijo no. Ésta vez ella no quiso seguir en carrera. Se paró, en seco. Y de repente la oscuridad se ciñó sobre mí y me vi perdido en un mundo que no era el mío, viviendo una vida que no quería vivir. De nuevo mis amigos encendieron lucecitas en las tinieblas y a ellos les debo todo lo que soy ahora, que no es mucho, pero les debo estar aquí, que no es poco. Entre sombras han transcurrido los últimos meses de la década y ahora quiero que todo termine. Quiero que estas palabras se tornen agradecimiento a los hombros que me prestasteis, a las veces que me ayudasteis a levantarme, a no caer del todo. Quiero que queden en vuestras mentes a perpetuidad y que ardan en la eternidad para empezar de nuevo en otra vida, en otra década.

Tan sólo ansío empezar a descubrir la vida que quiero vivir.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 18 de Agosto de 2005

1 comentario:

Daniela dijo...

José Luis...te doy mi mano, caminemos, y poco a poco todo esto que no se termina de olvidar, va pasando , cuenta con una amiga.
Un beso.