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domingo

El viejo heladero

Fueron dos veranos en aquellos años locos de la Universidad. Sólo dos. Pero a veces las cosas no se miden con el tiempo. En el mes de abril descorría la persiana de un local desvencijado y en una semana ya tenía todo en orden, la vitrina llena de helados y su sonrisa sobre la impoluta bata blanca recibiéndote en la puerta, saludándote siempre al pasar: "qué tal pibe, ¿cómo le va? ¿todo bien? ahhh báaaarbaro"

Siempre tuve una inclinación hacia el acento porteño. En realidad, todos en aquel piso de estudiantes la teníamos, siempre lo achaqué a las estúpidas conexiones que establece a veces la vida. Tal vez por eso, aquel heladero con aspecto pulcro, siempre con su abundante pelo cano recogido bajo el gorro de trabajo, se convirtió en una especie de amigo. Bajábamos al caer la noche y tomábamos un heladito de dulce de leche, y él siempre terminaba viniendo a nuestra mesa y hablaba sin parar con aquel acento que tanto nos seducía.

Nos daba consejos, hacía bromas, hablaba con pasión de su país, no como un expatriado, no, hablaba como si en vez de en una recóndita plaza de Salamanca estuviéramos en el mismo Puerto Madero. Hincha de San Lorenzo, nos contaba historias del viejo Gasómetro, reía y reía, nos trataba con el mismo cariño que debía dispensar a sus nietos. Un tipo adorable que además hacía el mejor helado de Salamanca. Al tercer verano desapareció. El desvencijado local fue reformado por una de estas modernas peluquerías franquiciadas y a nosotros nos dio pena, y nos preguntamos donde habría ido a parar aquel tipo adorable.

Pasó el tiempo y la vida me llevó a vivir por un tiempo a Buenos Aires, allí recordé al viejo heladero y pensé que los argentinos se la pasaban huyendo de los sitios, que parecía como si hubieran sido dejados en el mundo para tratar de hablar y convencer pero sin aguantar mucho el discurso y largándose cuanto antes cuando la cosa empezaba a ponerse seria.

Los años enterraron mi recuerdo hasta que ayer, cuando ya han pasado más de veinte años y cualquiera diría que el heladero debería estar muerto, vi su foto en el diario. Vestido de militar, con su gorra blanca transmutada en una recia y marcial de color caqui. Con su sonrisa desaperecida y un gesto adusto, feroz, de guardián del patíbulo. Miré y remiré la foto para estar seguro de que era él pero no había duda de que aquel tipo que salía en el periódico con lo que a mí se me antojaba un disfraz era el viejo heladero de nuestros años de Universidad. No pude más que pensar en una de las frases que él repetía constantemente: "la recontra puta que lo parió. Esto no se puede creeeeer"

martes

El túnel

Era un túnel oscuro con una luz al frente, que típico, ¿verdad? pero era así, justo como lo había visto en aquellas películas cutres, un túnel de tierra gris, húmedo, frío, lo único que lo distinguía era el no silencio. En el túnel no había nadie pero a través de sus rugosas paredes se filtraban voces contundentes de gente que afirmaba cosas que me resultaban familiares. Gente que hablaba con rotundidad, como habla la gente que no sabe nada, la gente que está llena de dudas y que se esmera en disimularlo, conscientes o no. Si algo había aprendido antes de verme en aquel túnel era ese axioma, a mayor rotundidad, mayor estupidez. Yo caminaba hacia delante como por inercia y reflexionaba sobre eso, las voces sobrepuestas, la estupidez humana y los sonidos eran cada vez más nítidos, las palabras más reconocibles, las voces más cercanas, y luego estaba la luz, que se acercaba a una velocidad mayor de la que yo caminaba, y poco a poco iba difuminando el suelo gris y las paredes rugosas y también la humedad y el frío iban transformándose en una atmósfera más cálida, más confortable. La luz estaba cerca, casi ya podía tocarla y empecé a aislarme de las voces y a pensar qué habría detrás, ¿cómo saberlo? ¿cómo contarlo luego? ¿qué sentido tenía todo aquello? y fue en ese momento cuando, de súbito, como por un impulso, no sé si ordenado tal vez por alguna de aquellas voces estúpidas conseguí sin saber como darme la vuelta, abruptamente, dejando la luz a mi espalda y entonces por fin verlo todo, comprenderlo todo, saberlo todo. 

miércoles

Fotorelatos

Como tengo poco engrasada la máquina de escribir, he decidido hacer el ejercicio de elaborar un relato a través de una foto. He ido pidiendo fotos a algunos amigos y por orden de llegada, con una periodicidad espero que semanal, iré colgado un relato corto que se inspire con y sea ilustrado por la foto. A ver lo que sale del experimento.

jueves

Caminito

Era un día en que el sol daba un brillo especial a todas las cosas. Había un silencio extraño hasta que un gastado acordeón entonó la música del tango. Una mujer madura con los labios pintados de un intenso rojo se ofreció para que le tomara una foto, un pesito, no más, pero a él le dio vergüenza detenerse. Bajó por el famoso caminito con andar pausado, mirando arriba, deteniéndose en cada ajado rincón, viendo a las mujeres asomarse al balcón a sacudir una sábana como si abajo no estuviera pasando nada nuevo. No reparó en los negocios de fruslerías turísticas que invadían el paseo, fascinado como estaba por el ambiente que envolvía aquella escena. Llegó al final y enfiló hacia la cancha de Boca, en el trayecto vio niños descalzos entrar y salir de portales, cruzando la calle a patear un balón entre unos bancos. Pensó que aquello debía ser lo más parecido a un potrero urbano. Al llegar a la Bombonera, vio a un tipo con la bufanda de River al cuello y entonces, por un instante, pensó de veras que aquello podía ser un sueño. Se sentó frente a un tenderete de bufandas azul y oro y tuvo unas ganas irresistibles de llorar. 

Acababa de llegar, pero ya estaba deseando volver.

Caminito que el tiempo ha borrado 
Que juntos un día nos viste pasar 
He venido por última vez 
He venido a contarte mi mal. 

miércoles

La corbata azul

Caminaba hacia el trabajo junto a la transitada catedral, lo hacía con prisa, distraído mientras pensaba en la abultada agenda que le esperaba a lo largo del día. Apenas se dio cuenta, cuando quiso esgrimir la repetida excusa, no gracias, yo soy de aquí, rogando la cotidiana clemencia que solicitaba a las gitanas que se apostaban en las esquinas para leer el futuro de los turistas, era demasiado tarde, aquella mujer de aspecto harapiento tenía tomada su mano, la palma abierta, y deslizaba un dedo por las líneas que en ellas había marcadas. Trató de zafarse, pero la mujer lo miró de una manera intimidante, con unos preciosos ojos que estaban surcados de arrugas, rodeados de angustias y pesares. Deshágase de esa corbata azul. Pronunció esas palabras, le soltó la mano y se alejó apresuradamente de él, que continuó su caminar. Pensaba que no llevaba una corbata azul, pensaba que ni siquiera tenía una corbata azul. Estaba muy seguro de que no tenía una corbata azul. Pensaba que aquella mujer no le había pedido dinero por su predicción. Y en esas llegó al trabajo, se sumió en la vorágine diaria y olvidó por completo el incidente hasta que, al llegar a su casa, al final de un duro día, cansado, se encontró como su mujer, que pretendía alegrarle el día con el regalo de una preciosa y flamante corbata azul.

sábado

Diez mil

Subía cada mañana en el metro, un viejo tren que empezaba a circular y en el que apenas subían cinco, seis personas. Buscaba un asiento libre, al azar, y se ponía a leer. Cuando se llegaba al final del trayecto los pasajeros comenzaban a subir para empezar un viaje en el sentido contrario. De cuando en cuando levantaba la vista de la lectura y encontraba alguna cara conocida. Entre la enorme marabunta siempre se registran determinadas rutinas. A veces tomaba notas en un cuaderno. Sol: 08:37. Antón Martín: 12:50. Leía y leía, hasta que terminaba el libro que estuviera leyendo. Entonces, fijaba la vista en la primera mujer atractiva que llamaba su atención y comenzaba a seguir sus pasos. Bajaba del tren cuando ella lo hacía, subía a la superficie, caminaba tras su estela y esos pasos a veces lo llevaban a la puerta intraspasable de un lujoso portal, a un bar en el que tomar una cerveza disimuladamente a su lado o a barriadas de miseria y mal. Nunca se dio el lujo de hablar con ninguna de ellas. Simplemente les tomaba distraidamente una foto, les asignaba un nombre inventado y les escribía el relato de su día. Era fiel hasta el punto en que la aventura terminaba. Ahí, él le componía un final.

Francine era el relato número diez mil. Tal vez la redondez del número habían hecho de aquello algo inevitable, pero lo cierto es que cuando llegó la hora de dar la vuelta y regresar a casa a convertir en ficción aquella historia, se acercó hasta la puerta donde aquella chica rebuscaba entre sus llaves para abrir la puerta y se lo dijo: Eres la número diez mil, ya no puedo esperar más.

lunes

Pum

Era una típica reunión veraniega. Ella había llamado a sus amigas a pasar la tarde en la piscina. Le pareció que sería un buen momento para que conocieran a su nueva adquisición, un escritor fracasado que conoció una noche al cerrar el bar. Como solía ser habitual, necesitaba la aprobación de ellas. El tipo era un buen amante, un tanto egocéntrico pero con una cultura razonable, y a veces, hasta tenía algún detalle. Podía servir, pero necesitaba conocer la opinión de ellas. Estuvieron todas, expectantes, ávidas de reconocer al nuevo material. Entró a la cocina a preparar los cafés y desde allí podía oír el frenesí continuado de su conversación. No paraba de hablar. Podía escuchar la letanía de las historias que ella ya conocía e imaginaba las caras que pondrían sus amigas, una por una, no necesitaba verlas. El escritor fracasado seguía hablando, ya de una manera histriónica, poniendo de manifiesto que tal vez no fuera sólo un tanto egocéntrico, sino algo más. Llegó con los cafés humeantes sobre la bandeja y él ni siquiera hizo caso, empeñado como estaba en mostrar rasgos superficiales de su impostada cultura. El colmo fue una broma sobre su supuesto buen hacer como amante. Ahí algo se quebró. Los gestos de ellas, todavía modestos, educados, sin terminar de definirse, devinieron en un semblante incómodo, en la certeza absoluta de que el condicional había vuelto a resultar negativo. Sin dar tiempo para más se dirigió al cajón y cogió la pistola, amartilló el disparador y colocó el cañón recortado sobre su sien. ¡Silencio! Se acabó, gritó. Las facciones  del escritor se descompusieron por un instante, sin ser conocedor de la broma. Todas sus amigas sabían que aquella pistola era de mentira. Él lo supo segundos más tarde, cuando al grito le sucedieron las risas. Lo que todavía no supo, aunque lo habría de conocer enseguida, es que aquel era un gesto acostumbrado, y que acababa de quedarse, como todos los demás, en el tortuoso camino hacia su corazón.

La habitación

La habitación mostraba una moqueta raída en la que se observaba con facilidad el paso de los años, la puerta estaba entreabierta y al fondo una ventana tintineaba con un cadencioso ritmo movida por el viento. La cortina dejaba entrever la luz a intervalos para enseñar el aspecto desdeñoso de la cama revuelta, cubierta de libros. El camarero, que portaba un simple cubo con hielo, entró con cautela. Por un instante, sintió como si estuviera en un sueño, como si aquel cuarto no perteneciera al hotel sino a una casa deshabitada muchos años atrás. Caminó despacio, esperando encontrar a alguien, y se acercó así al escritorio, poblado de bolígrafos y hojas, apuntes, notas que alternaban perfectas caligrafías e ininteligibles palabras. Pensó que el ilustre escritor habría salido, que habría sido un error eso del hielo a aquellas extrañas horas. Estaba en esas cuando la puerta del baño se abrió silenciosa, y una mujer apenas vestida con un camisón transparente se dirigió hacia la ventana que continuaba con su martirizante tintineo. La cerró, lo que conformó una absoluta penumbra en la habitación, rota segundos después por un encendedor. La mujer encendía un cigarrillo y mientras exhalaba el humo de una primera calada se dirigía al muchacho que había quedado congelado, como el hielo contenido en el cubo, sin saber muy bien qué decir ni qué hacer. Continuó acercándose hasta que sus cuerpos casi se rozaron y entonces le susurró, en la voz más sensual que aquel chico había oído jamás que ya había terminado la página de hoy, que si tendría tal vez unos minutos para descorchar una botella junto a él.

Rutina

Una tenue luz segmentada en las paralelas líneas que deja pasar una persiana. Un silencio absoluto roto con el girar de una llave que se introduce y gira en la puerta. El tenue sobresalto de ella, recostada en el sofá del rincón, al que apenas llega la luz. Descansa momentáneamente de la lectura levantando la mirada sin curiosidad. Es él. Vuelve al libro esperando el mismo saludo de siempre, el mismo beso plastificado de cada día, pero suceden uno dos, tres segundos y nada de eso acontece. Él ha entrado en la habitación sin pasar por el salón, sin siquiera reparar en que ella estaba allí, recostada, leyendo en el sofá. Pasa el tiempo, pasa una página, pasan dos páginas. El silencio ha vuelto a ser absoluto. Apoya el libro en el brazo del sillón y se dirige hacia la habitación. Descalza, sigilosa, ahora sí intrigada por aquello que ha hecho cambiar su rutina. No saludo, no beso, no entrada al salón. Atraviesa el exiguo pasillo y cuando se asoma a la puerta del cuarto difícilmente consigue distinguir a contraluz su silueta tumbada en la cama. Rompe el silencio para llamarlo pero no hay respuesta. Avanza hacia él cuando el tacto de un líquido viscoso y caliente que rodea sus pies la hace detenerse. Mira el suelo y ve la mancha que engullirá toda la rutina, la mancha que convertirá la vida en nada, el amor, cansado, gastado, en un cortejo fúnebre.. Se rompe para siempre el silencio. Llega la oscuridad.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 12 de marzo de 2012

La jirafa


Tenía la piel arrugada, un pelo ralo que daba la imagen de un viejo cartón descolorido a manchas. El hocico descolgado, pliegos superpuestos de un gris sucio, usado, nada que ver con el esperado y reluciente negro. La mirada triste, los andares torpes, un largo y gigantesco cuello sin el cuál le hubiera sido imposible identificar al animal. Todo el mundo reía alborozado y trataba de acercarle un trozo de hierba, un caramelo prohibido, intentando con gran algarabía que la jirafa se acercara al foso que los separaba. Ella los miraba ajena, deambulando esquiva, como si sintiera vergüenza por haberle enseñado a aquel niño de mirada triste que la vida no iba a ser como la estaba aprendiendo en los libros.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 24 de enero de 2012

sábado

Manos

Recorrió con delicadeza las páginas amarilleadas del libro. Era como si pudiera leer con los dedos. La recordó tal como era cuando por primera vez leía aquellos poemas y los versos estaban encadenados a los ojos de ella, cada palabra, cada rima, esparcida y escondida en los rincones de su cuerpo. Un cuerpo joven que podía ver a través de sus ojos cerrados mientras leía de nuevo con los dedos.

El libro había aparecido por casualidad. Una casualidad como otra cualquiera de las que paso a paso, lo fueron separando en su vida de aquella mujer primera, siempre presente en cada palabra, en cada estremecimiento, en cada exigua aparición de la poesía. De casualidad en casualidad uno compone su camino, se aleja del principio y de repente se mira las manos, y las ve manchadas por dentro, con arrugas inevitables, pero todavía capaces de sentir, de leer, con los ojos cerrados.

Se pregunta cómo estará ella, qué habrá sido de su vida. Tal vez esté muerta. Quien sabe si tal vez ha rondado en la manzana de al lado durante años sin ni siquiera un tropiezo. Las casualidades son así, son caprichosas. Trata de pensar en ella, y no puede si no recordar su tez blanca, la suavidad de su piel, su sonrisa infantil. Trata pero no puede imaginarla si no como era, como trataría de reconocerla aun ahora que el tiempo ya le ha pasado por encima.

Vuelve a mirar sus manos envejecidas, y cierra los ojos de nuevo. Sabe que todo es una quimera, pero en ese frugal instante, mientras lee las páginas amarilleadas de aquel libro, y las rimas de los versos despiertan la música en su interior, y revive las sensaciones no como si fuera ayer, sino como si fuera hoy mismo, piensa que ninguno de todos estos años han pasado, que la vida todavía aguarda, que podrá buscar nuevas casualidades.

Ya no quiere mirar más sus manos.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 21 de octubre de 2011


Dreams back

Cada noche una pesadilla distinta. Un cáncer le asaltaba de manera inesperada, otros días era su hija la víctima, otros su mujer. La bolsa de desplomaba. Los invadía la miseria. Se acababan las comodidades. Incluso la tierra temblaba y se abría de manera inesperada. Soñaba con extraños satélites que amenazaban el planeta. El final de todas aquellas pesadillas era siempre el mismo, un despertar sobresaltado.

Observaba entonces a su mujer, su hija, la enorme mansión donde vivían. Todo parecía estar en calma. Pero su angustia no había terminado. Nada de todo aquello lo tranquilizaba.

Quería sus sueños de vuelta.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 24 de septiembre de 2011

lunes

Márchate


Vete de aquí, no quiero volver a verte más. Tu egoísmo me saca de mis casillas. Lo he intentado por todos los medios pero no puedo más. Dame las llaves y márchate de una vez, por favor. Sólo piensas en ti mismo. Ni siquiera te has preguntado si necesitaba algo durante estos días. Ni siquiera si había dejado de dolerme la pierna. No hablemos ya del corazón, de las heridas invisibles. ¿Qué iba a preocuparte a ti que lleve tres meses desangrándome por dentro y que sin pedir esté pidiendo. Gritando. Ruidos sordos que tú nunca vas a escuchar porque sólo sabes escucharme cuando vienes a por el dinero y esperas la respuesta. Una palabra amable y formal. Superficial. Estoy harto. No puedo aguantar más. Prefiero estar solo. Lidiar sin esperanza con mis propias miserias. No estar esperando en vano un gesto, una palabra, una mano que pueda sacarme de este pozo.

Papá, acabo de cumplir los dieciocho años. Trata de entender este estado de postadolescencia frente al que ni tú ni yo podemos luchar. Trata de resistir un poco más. Mamá no va a volver.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 21 de junio 2011

martes

Todos los cristales rotos

El asfalto era un océano de cristales rotos. Iluminaban la noche que el silencio oscurecía. Abrió los ojos con dificultad y aquella luminosidad le dio miedo. Un silencio que la asustaba se veía interrumpido por un extraño zumbido interior. No sabía dónde estaba, ni tampoco qué hacía allí. No podía moverse. Era extraño. Todo era una oscuridad iluminada por cristales rotos. Sentía un calor en su espalda, como si un líquido viscoso y caliente se estuviera derramando sobre ella. Aquella sensación despaciosa y lenta la reconfortaba. Trató de moverse de nuevo, pero no lo consiguió. Entonces el miedo la estremeció por completo al recordar a Rubén y trató de buscarlo con la mirada pero no podía moverse. Lo intentó de nuevo, esta vez con todas sus fuerzas, y sólo consiguió que una lágrima fría se deslizara sobre sus mejillas. La respiración se le aceleraba y una angustia creciente iba apoderándose de ella. Trató de visualizar a Rubén y lo recordó al volante, encendiendo un cigarrillo, diciéndole lo poco que le había gustado la forma de actuar de su hermana. Vio el perro en mitad de la carretera. Cómo el animal los miró y cómo ellos no tuvieron tiempo de mirarse. Ni de decirse nada. Oscuridad. Silencio. Todos los cristales rotos.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 01 de mayo 2011

viernes

Una mano

Una mano que se desliza desde el asiento del copiloto, despojada de anillos, con los dedos nervudos, las uñas bien cuidadas para disimular el paso de los años. Una mano que toca disimuladamente la pierna que conduce y lo hace con suavidad, temerosa, queriendo dar mensajes sin palabras, hablar sin ruido. Una mano que recorre suavemente la pierna, en intervalos rítmicos con los que quiere sumirse en el pozo de la placidez, en un abismo de tranquilidad y esperanza. Una mano cansada y ágil a la vez. Una mano que ha batallado en la guerra y conocido el infierno. Y ahora quiere comenzar de nuevo, lenta y calladamente, desde el asiento del copiloto.


©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 21 de enero de 2011


martes

Historias de Biblioteca (V)

Hoy me han vuelto a poner otra reclamación. Es la tercera del mes. En esta ocasión, era una señora que no entendía la forma en que se ordenaban los libros de la Biblioteca Infantil. La gente no admite la sinceridad, no admite que se les trate como realmente merecen, no pueden consentir que alguien les desvele su manifiesta estupidez. No, más bien necesitan una pátina de adulación disimulada. Señora, los libros están ordenados alfabéticamente, por edades, como bien muestran estos putos carteles indicativos. Mis propios compañeros, conocedores de la idiotez supina de algunos usuarios los disculpan, los excusan, y me miran raro cuando me ven tratarlos como a ellos les gustaría hacerlo. Cuando me doy la vuelta, sonríen, comentan. Cuando el director los reúne para tratar “mi problema” todos vuelven a ese papel fingido de la compostura. Y me reprueban, y los más falsos incluso se apiadan de mí, cuando lo que de verdad les gustaría es tener el arrojo para poder hacer lo que yo hago.

Hipócritas. Eso es lo que son, y lo saben. Cada vez que sucede algo se lo recuerdo, uno por uno, mirándolos a la cara. Hipócritas. Mierdas. Eso es lo que son. Me miran como si estuviera loca y no se dan cuenta de que los locos son ellos, en este mundo de falacia que entre todos han construido. Me pregunto cómo pueden estar tan bien engastados los engranajes de esta gran mentira. ¿Por qué no encuentro a nadie que sea como yo? Un día van a ponerme una camisa de fuerza y van a sacarme de aquí para encerrarme. No va a tardar mucho, es necesario para sostener su mundo cogido con alfileres en el que nada es lo que parece. Molestan las personas como yo. Me sacarán de aquí, de una forma o de otra, para que esa vida de mierda les permanezca inalterable. Y piensan que me pillará desprevenida. Ilusos. Estúpidos. Tal vez debiera esperarlos con alguna sorpresa bajo el brazo.


©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 04 de enero de 2011

Historias de Biblioteca (IV)

Hace un año que Alicia acude a la Biblioteca cada quince días a realizar un cuentacuentos para niños y no recuerda con exactitud la primera vez que lo vio.

Al principio no reparó en él, pues los padres llegan con los niños y los dejan en las primeras filas del teatro que ella improvisa en la sala infantil, situándose en el fondo para tener una buena perspectiva de los cuentos y de los pupilos. Más o menos Alicia tenía escrutados a todos los padres que acudían con asiduidad a la Biblioteca y con el tiempo, los iba asociando con los niños que traían. Fue así como un día, en el camino de regreso a casa, mientras su mente divagaba entre fútiles pensamientos, ella reparó en que no podía asociar qué niño traía aquel apuesto hombre que le sonreía de esa forma que a ella le resultaba tan atrayente. Y entonces empezó a observarlo, cada quince días.

Comprobó que no faltaba nunca. Y que siempre seguía las mismas pautas: llegaba cuando la actividad acababa de comenzar y se situaba en la parte trasera mezclado entre los padres, junto a los anaqueles de la izquierda. No perdía detalle de los cuentos y su rostro mostraba una expresividad contenida. Se asustaba cuando debía de hacerlo y mostraba con perfección en el gesto misterio, sorpresa, decepción, justo cuando el cuento así lo requería, como si los niños lo estuvieran mirando a él en vez de a Alicia. Hacía todo aquello sin dejar de mirarla y cuando tocaba sonreír, ella no tenía más remedio que acabar apartando la vista. Antes de irse, cogía algunos libros de la estantería que tenía a su lado, como tratando de disimular algo, los volvía a dejar en su sitio y se marchaba justo antes de que la actuación llegase al final.

Al principio Alicia tuvo un poco de miedo, pero la imagen de su sonrisa desterró de inmediato el temor a lo desconocido y después de muchas semanas preguntándose de vuelta quién sería aquel apuesto y misterioso caballero, aquella semana decidió intervenir.

Contaba cuentos de mosqueteros disfrazada de Milady y en mitad de la narración solicitó la ayuda de algún padre. Por ejemplo usted, señor. Necesito que nos diga su nombre y qué hubiera hecho en el lugar de D’Artagnan. ¿Acaso hubiera traicionado a la bella Constanza?.

- Mi nombre es irrelevante por el momento Milady, y respecto a la traición de D’Artagnan le diría que si se trataba de no sucumbir ante la tentación, no me hubiera gustado estar en su lugar. O tal vez sí.

Los niños volvieron a girar la vista buscando a Alicia como si pidieran una explicación a las palabras de aquel señor que tan bien ajustaban en el tono del cuento. Y fue entonces cuando la curiosidad se hizo misterio porque el señor de nombre irrelevante volvió a ojear uno de aquellos libros en la estantería de la izquierda y se marchó como cada día, sin escuchar el final de la historia. Pero nunca más volvió.


©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 25 de octubre de 2010

sábado

Historias de Biblioteca (III)

Tatiana lleva un mes en la ciudad y pasa todas las mañanas de su día libre, el sábado, en la biblioteca. Para ella es como un ritual perfectamente establecido. Tiene que coger dos autobuses y caminar diez minutos exactos. Cuando llega, el guardia de seguridad que acaba de abrir la puerta y que ya empieza a reconocerla, la saluda con un alegre buenos días al que no termina de acostumbrarse. Sube a la sala de lectura y coge la misma novela y el mismo diccionario. Cada vez puede leer con más fluidez, cada vez le es preciso mirar menos palabras en el diccionario. Entre ambos, un cuaderno en el que anota, siempre en su nuevo lenguaje, con una caligrafía lenta y precisa. Al poco de estar enfrascada en su tarea, la sala de lectura empieza a llenarse de gente, que con diversos fines, ejecutan la misma acción común: leen, escriben.

La biblioteca está llena de personas que leen y escriben. Observa el paisaje y se siente segura, feliz. Siente una calidez interior a veces interrumpida por el punzante recuerdo. Mira a través de las cristaleras y el sol se torna gris, y el silencio estruendo de muerte y horror. Bombas, gritos, extramuros de un lugar donde su padre la abraza bajo las mesas y abre un libro tras otro para enmascarar la vida con la sucesión de historias que encontramos en los libros. Mientras todo se muere en el exterior, su padre le da a probar nuevos cuentos, y, cuando los estallidos se acercan tanto que pareciera que los dos mundos vayan a mezclarse, él le pega el libro a la nariz y la aspiración de ese olor es como la pócima que disuade todo el espanto de la realidad. Poco a poco vuelve el silencio.

Tatiana huele las páginas de la novela que lee y también las del diccionario, y disipa con ese olor el recuerdo como en su infancia disipaba la crudeza de la vida. Continúa leyendo y estará así hasta las dos, momento en el que saldrá a enfrentar de nuevo la realidad, hasta que el próximo sábado vuelva a aparecer.

Para ella, la biblioteca será siempre su verdadero hogar.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 16 de octubre de 2010

domingo

Historias de Biblioteca (II)

Es una chica joven que estudia un material de oposición para instituciones penitenciarias. Subraya con un rotulador amarillo y en un cuaderno cuadriculado, toma notas con un bolígrafo azul. Su letra es suave, bien perfilada, casi una prolongación de su rostro. Sobre la mesa, un paquete de Camel que contrasta con su juventud igual que la materia del estudio y también un móvil con los bordes desgastados. El chico joven de enfrente se pregunta qué hace una chica tan joven, tan guapa, estudiando para meterse en una cárcel y el hombre de mediana edad del lado piensa exactamente lo mismo. Los dos la miran de reojo a intervalos discontinuos, con un aire de disimulo.

El móvil inicia una vibración que dura tres, cuatro segundos y que hace que todos los que están sentados en la mesa, el chico joven de enfrente, el hombre de mediana edad del lado y también las dos chicas del extremo, se fijen de manera involuntaria en la chica, que sin percibirse de que concita la atención de todos sus compañeros de mesa, recoje el móvil, que con la vibración está a punto de caerse de encima del paquete de tabaco. Se queda mirándolo unos segundos y lo vuelve a colocar en el mismo lugar, ajustándolo al borde del paquete. Empuña de nuevo el bolígrafo y por alguna extraña razón, el chico joven de al lado presiente que algo malo ha sucedido. El semblante de la chica se ha endurecido súbitamente y entonces, él fija la vista en las notas de ella y ve dos palabras que empiezan a repetirse.

Nunca más.

La chica continúa escribiendo esas dos palabras, organizadas en cuatro columnas perfectamente alineadas. Nunca más. Su rostro se vuelve frágil, quebradizo, y continúa escribiendo sin descanso. Nunca más. Una lágrima cae sobre el cuaderno y genera una perfecta mancha sobre la primera columna de palabras. La tinta empieza a deslizarse por el cuaderno pero la chica sigue escribiendo como si nada sucediera. El chico joven de enfrente querría decir o hacer algo pero no sabe, no puede, y eso le genera una angustia que no puede disimular. El hombre de mediana edad ha reparado en su congoja y se pregunta que diablos le habrá pasado a aquel chico.

Todos bajan la vista de una forma extrañamente sincronizada.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 4 de octubre de 2010

viernes

Historias de Biblioteca (I)

A. no ha dormido esta noche en casa. Anoche, la fiesta en el piso de su compañera de clase terminó con todos en Mancis, el local de moda de la temporada. Los curiosos azares de la noche la llevaron a conversar con R., el atractivo camarero por el que todas sus amigas, y también ella, suspiran y bromean. El local se fue quedando vacío y sus amigas se despidieron con un guiño cómplice. En ese momento, mientras R. atiende a los rezagados clientes al fondo de la barra y ella pacientemente lo espera, reflexiona sobre por qué se habrá fijado en ella esta noche. No es la más guapa, ni tampoco la más simpática, es una chica normal, bastante normal, que no ofrece -y ella lo sabe- ningún atractivo especial en las distancias cortas. Justo antes de que en su interior se empiece a conformar una justificación idílica de la situación, ésta es desterrada por R. que vuelve al lugar de la barra donde ella se encuentra y continúa con su manual de burda seducción que no persigue situaciones idílicas sino acabar con ella, misteriosamente con ella, en la cama al salir del bar.

Ella dejó su mente a un lado de la reflexión por aquella noche y se marchó con R. hasta su piso después de que él cerrara el Mancis. Sin demasiados preámbulos tuvieron sexo que a ella no terminó de satisfacer y pronto, después ella que él, se quedaron dormidos. Un poco más tarde, despertó como de una pesadilla y se encontró en aquella extraña habitación, desnuda, con su ropa en el suelo y un hombre al lado; babeante, con un cuerpo que le es tan ajeno, y que dista tanto de aquel atractivo camarero por el que todas bromean y también suspiran. Se levanta sigilosamente aunque un leve ronquido de R. le muestra que ni el tropel de un elefante lo despertaría, pero eso no la tranquiliza. Apremia, se viste con la misma ropa de la noche anterior, y sale de aquel lugar que empezaba subrepticiamente a asfixiarla. Su conciencia, inhabilitada para la justificación, comienza a elaborar mecanismos de reproche que la convierten en una persona arrepentida y asqueada de sí misma por todo lo que en la noche anterior ha sucedido y así, como para poder purgar sus penas, se detiene en la biblioteca antes de regresar a su casa.

Son las 11 de la mañana de un sábado y la biblioteca todavía se encuentra medio vacía. Ella se marcha hasta la mesa del fondo y aunque no es consciente de ello, va dejando un rastro de alcohol y tabaco que hace levantar la vista a los ensimismados lectores y por unos segundos, en algunos casos, unos minutos en otros, se convierte en el centro de sus vidas, de todos los que allí están leyendo, pues el olor de la noche en la mañana les evoca a cada uno de ellos una historia diferente acerca de quién es A. y de dónde viene. Ella no será consciente del olor, ni tampoco de su protagonismo en esas historias. Sólo piensa en olvidar la noche anterior y empezar a construir la necesaria ficción que hará de la desagradable sensación que ahora la atormenta la envidia de todas sus amigas. Fija su ojerosa mirada en el libro de Histología General que ha sacado de una estantería pero no puede dejar de pensar en la transformación de los cuerpos y lo desastroso de la noche y del alcohol y de las lasas voluntades. Mientras tanto, las otras A. continúan su historia en la imaginación de cada uno de los lectores, que poco a poco, mientras el rastro del olor se difumina, reconducen su distracción y terminan volviendo a sus lecturas.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 23 de septiembre de 2010