Su nieto la había ayudado a subir las escaleras, algo que hizo con la dificultad propia de su edad. Cuando se encontró frente a la puerta le pidió que se marchara. Quería cruzar sola el umbral de entrada a su pasado. Abrió y se encontró todo en el mismo lugar, cubierto por una inmensa capa de polvo. Olía a viejo, a madera mojada. Sus ojos quedaron fijos en el tintero que permanecía inmóvil sobre la mesa. Justo en el mismo lugar. Era como si el tiempo se hubiera detenido. Era la misma escena que cuando cerró aquella puerta sesenta años atrás.
…
El azar, el destino, los avatares de la vida, la búsqueda paterna de un mundo mejor, la habían llevado al otro lado del mundo. Eran tiempos de bonanza allende los mares y sus padres se instalaron en su nueva tierra para proporcionarle una vida holgada, sin penurias. Al tiempo, a ella le pareció tan holgada como inocua. Nada de cuanto acontecía en su nuevo mundo la hacía arraigar. Ningún atisbo de felicidad. Pasar los días, vivir por vivir.
Sucedió mientras despachaba en la panadería que sus padres explotaban desde su llegada y en la que solía echar una mano por las mañanas. Él tomó un bollo de los pequeños y se dirigió a la parte del mostrador donde se encontraba su madre haciendo el ademán de ir a pagar. Ella lo persiguió con su mirada. Era alto, guapo, con unas facciones que distaban mucho de los naturales de aquellas tierras. Fue mientras pagaba cuando él reparó en ella. Se engarzaron sus miradas. Él dijo gracias a su madre mientras no dejaba de mirarla y se giró para marcharse. Muy lentamente, sin apartar sus ojos, embelesado. Ella bajó la vista por timidez y cuando alzó la frente arrepentida era demasiado tarde porque ya se había marchado. Para siempre, pensó. Y se sumergió de nuevo en su rutina.
Subió a casa al caer la tarde pensando en su vacío existencial y haciendo cuentitos de hadas con la aparición del mozo en la mañana.
Al abrir el buzón, encontró una nota lacrada que abrió como por instinto y leyó:
¿Crees que puedes encontrar a alguien el día menos pensado y sentir en ese preciso instante que es la persona con la que vas a compartir el resto de tu vida? ¿Sólo con mirarla? Me pasó.
Su corazón palpitó como no recordaba. Tembló. Miró a su alrededor y no supo qué hacer.
Esas fueron las primeras palabras qué él le dijo aquella tarde de una primavera que nacía. Después vinieron más. Él había a regresado a su país, al de ella, ese mismo día. Justo al otro lado del mundo. Y desde aquel día los barcos cruzaron el océano cargados de palabras de amor.
Se escribieron cada día durante el período de un año. Ella usaba siempre la tinta roja que vertía siempre en el mismo tintero apoyado en la mesa de su habitación. El rojo amor de sus letras, le decía. Así, hasta que un día decidió volver. Abandonar y regresar. Arriesgar, aun a riesgo de morir en el intento. Viajar para encontrarlo. A él, a lo que siempre había soñado. Todos la tildaron de loca. Se enfrentó a su vida y a su tiempo. Y contra viento y marea se embarcó en aquel carguero que tardaría un mes justo en arribarla junto a él. Al zarpar recordó que había olvidado el tintero y aquello le pareció un mal presagio, pero no fue tal.
Lo que vino después es difícil de imaginar, porque todo el amor que sintieron en la distancia se hizo cuerpo y construyeron una vida sobre los cimientos de sus sueños.
…
Miraba fijamente el tintero mientras secaba sus ojos acuosos y recordaba que ahí, en la efervescencia de su tinta roja, roja amor, fue donde empezó todo. Recogió el tintero y se dirigió hasta la puerta. Ahora sí estaba lista para partir en ese viaje que le llegaría un día, más pronto que tarde. Otro viaje para encontrarlo de nuevo, en otra vida. Esta vez para siempre.
©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 25 de septiembre de 2006
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El azar, el destino, los avatares de la vida, la búsqueda paterna de un mundo mejor, la habían llevado al otro lado del mundo. Eran tiempos de bonanza allende los mares y sus padres se instalaron en su nueva tierra para proporcionarle una vida holgada, sin penurias. Al tiempo, a ella le pareció tan holgada como inocua. Nada de cuanto acontecía en su nuevo mundo la hacía arraigar. Ningún atisbo de felicidad. Pasar los días, vivir por vivir.
Sucedió mientras despachaba en la panadería que sus padres explotaban desde su llegada y en la que solía echar una mano por las mañanas. Él tomó un bollo de los pequeños y se dirigió a la parte del mostrador donde se encontraba su madre haciendo el ademán de ir a pagar. Ella lo persiguió con su mirada. Era alto, guapo, con unas facciones que distaban mucho de los naturales de aquellas tierras. Fue mientras pagaba cuando él reparó en ella. Se engarzaron sus miradas. Él dijo gracias a su madre mientras no dejaba de mirarla y se giró para marcharse. Muy lentamente, sin apartar sus ojos, embelesado. Ella bajó la vista por timidez y cuando alzó la frente arrepentida era demasiado tarde porque ya se había marchado. Para siempre, pensó. Y se sumergió de nuevo en su rutina.
Subió a casa al caer la tarde pensando en su vacío existencial y haciendo cuentitos de hadas con la aparición del mozo en la mañana.
Al abrir el buzón, encontró una nota lacrada que abrió como por instinto y leyó:
¿Crees que puedes encontrar a alguien el día menos pensado y sentir en ese preciso instante que es la persona con la que vas a compartir el resto de tu vida? ¿Sólo con mirarla? Me pasó.
Su corazón palpitó como no recordaba. Tembló. Miró a su alrededor y no supo qué hacer.
Esas fueron las primeras palabras qué él le dijo aquella tarde de una primavera que nacía. Después vinieron más. Él había a regresado a su país, al de ella, ese mismo día. Justo al otro lado del mundo. Y desde aquel día los barcos cruzaron el océano cargados de palabras de amor.
Se escribieron cada día durante el período de un año. Ella usaba siempre la tinta roja que vertía siempre en el mismo tintero apoyado en la mesa de su habitación. El rojo amor de sus letras, le decía. Así, hasta que un día decidió volver. Abandonar y regresar. Arriesgar, aun a riesgo de morir en el intento. Viajar para encontrarlo. A él, a lo que siempre había soñado. Todos la tildaron de loca. Se enfrentó a su vida y a su tiempo. Y contra viento y marea se embarcó en aquel carguero que tardaría un mes justo en arribarla junto a él. Al zarpar recordó que había olvidado el tintero y aquello le pareció un mal presagio, pero no fue tal.
Lo que vino después es difícil de imaginar, porque todo el amor que sintieron en la distancia se hizo cuerpo y construyeron una vida sobre los cimientos de sus sueños.
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Miraba fijamente el tintero mientras secaba sus ojos acuosos y recordaba que ahí, en la efervescencia de su tinta roja, roja amor, fue donde empezó todo. Recogió el tintero y se dirigió hasta la puerta. Ahora sí estaba lista para partir en ese viaje que le llegaría un día, más pronto que tarde. Otro viaje para encontrarlo de nuevo, en otra vida. Esta vez para siempre.
©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 25 de septiembre de 2006




