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miércoles

El tintero

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Su nieto la había ayudado a subir las escaleras, algo que hizo con la dificultad propia de su edad. Cuando se encontró frente a la puerta le pidió que se marchara. Quería cruzar sola el umbral de entrada a su pasado. Abrió y se encontró todo en el mismo lugar, cubierto por una inmensa capa de polvo. Olía a viejo, a madera mojada. Sus ojos quedaron fijos en el tintero que permanecía inmóvil sobre la mesa. Justo en el mismo lugar. Era como si el tiempo se hubiera detenido. Era la misma escena que cuando cerró aquella puerta sesenta años atrás.



El azar, el destino, los avatares de la vida, la búsqueda paterna de un mundo mejor, la habían llevado al otro lado del mundo. Eran tiempos de bonanza allende los mares y sus padres se instalaron en su nueva tierra para proporcionarle una vida holgada, sin penurias. Al tiempo, a ella le pareció tan holgada como inocua. Nada de cuanto acontecía en su nuevo mundo la hacía arraigar. Ningún atisbo de felicidad. Pasar los días, vivir por vivir.

Sucedió mientras despachaba en la panadería que sus padres explotaban desde su llegada y en la que solía echar una mano por las mañanas. Él tomó un bollo de los pequeños y se dirigió a la parte del mostrador donde se encontraba su madre haciendo el ademán de ir a pagar. Ella lo persiguió con su mirada. Era alto, guapo, con unas facciones que distaban mucho de los naturales de aquellas tierras. Fue mientras pagaba cuando él reparó en ella. Se engarzaron sus miradas. Él dijo gracias a su madre mientras no dejaba de mirarla y se giró para marcharse. Muy lentamente, sin apartar sus ojos, embelesado. Ella bajó la vista por timidez y cuando alzó la frente arrepentida era demasiado tarde porque ya se había marchado. Para siempre, pensó. Y se sumergió de nuevo en su rutina.

Subió a casa al caer la tarde pensando en su vacío existencial y haciendo cuentitos de hadas con la aparición del mozo en la mañana.
Al abrir el buzón, encontró una nota lacrada que abrió como por instinto y leyó:

¿Crees que puedes encontrar a alguien el día menos pensado y sentir en ese preciso instante que es la persona con la que vas a compartir el resto de tu vida? ¿Sólo con mirarla? Me pasó.

Su corazón palpitó como no recordaba. Tembló. Miró a su alrededor y no supo qué hacer.

Esas fueron las primeras palabras qué él le dijo aquella tarde de una primavera que nacía. Después vinieron más. Él había a regresado a su país, al de ella, ese mismo día. Justo al otro lado del mundo. Y desde aquel día los barcos cruzaron el océano cargados de palabras de amor.

Se escribieron cada día durante el período de un año. Ella usaba siempre la tinta roja que vertía siempre en el mismo tintero apoyado en la mesa de su habitación. El rojo amor de sus letras, le decía. Así, hasta que un día decidió volver. Abandonar y regresar. Arriesgar, aun a riesgo de morir en el intento. Viajar para encontrarlo. A él, a lo que siempre había soñado. Todos la tildaron de loca. Se enfrentó a su vida y a su tiempo. Y contra viento y marea se embarcó en aquel carguero que tardaría un mes justo en arribarla junto a él. Al zarpar recordó que había olvidado el tintero y aquello le pareció un mal presagio, pero no fue tal.

Lo que vino después es difícil de imaginar, porque todo el amor que sintieron en la distancia se hizo cuerpo y construyeron una vida sobre los cimientos de sus sueños.



Miraba fijamente el tintero mientras secaba sus ojos acuosos y recordaba que ahí, en la efervescencia de su tinta roja, roja amor, fue donde empezó todo. Recogió el tintero y se dirigió hasta la puerta. Ahora sí estaba lista para partir en ese viaje que le llegaría un día, más pronto que tarde. Otro viaje para encontrarlo de nuevo, en otra vida. Esta vez para siempre.


©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 25 de septiembre de 2006

lunes

Gracias

En vista de que la cena de inauguración habrá de esperar tiempos mejores -esperemos que no demasiado- no quiero demorar más un profundo agradecimiento público y espiritual a todos aquellos que en una forma u otra me ayudaron a poder instalarme en éste mi nuevo nidito -todavía- sin amor.

A Meli, mi hermano del alma. Por todas las idas y venidas con José y Josefa, por las visitas buscando suelos o cocinas que nos criaron fama de parejita de hecho por toda la ciudad, jaja, que risa...

A Miguel por sus mediciones, sus planos, sus posiblidades.

A todos aquellos que ahora olvido -ya me conocéis- y que aportaron su granito, por pequeño que fuera.

Y sobre todo, a Yolanda. Mi jefa y sin embargo amiga que me asesoró -espléndidamente- desde el principio rediseñando el habitáculo. Poniendo aquí y allá. Acompañándome a ver cuartos de baño, muebles, cocinas...Fue muy duro para mí a veces enfrentarme en soledad a todas estas cosas y su apoyo constante tiene un valor que difícilmente pueda expresar con estas palabras. Pero bueno, son cosas que para mí se quedan. Estoy en deuda.

GRACIAS a todos desde el maravilloso sofá rojo amor.

miércoles

El ritual de la mañana

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Desde hacía un tiempo, sus despertares eran como un ritual. Se levantaba sobre las nueve de la mañana, cuando el sol ya oteaba a los mortales desde su posición siempre privilegiada. Se metía en la ducha y se recreaba en ella. El agua muy caliente. Al salir de ella, como en un juego de la niña que nunca había dejado de ser, dibujaba un corazón sobre el vaho del cristal. Se colocaba un pantalón corto y camiseta y se iba a la cocina a prepararse una gran taza de café..

Caminaba descalza por el diminuto apartamento recogiendo la ropa desperdigada de la noche anterior mientras ponía la cafetera a funcionar. Después, se servía una taza enorme, siempre la misma, y se acurrucaba en el sillón de su balconada, impregnándose de sol. Hundía su nariz en el recipiente para percibir el aroma del café recién hecho, un olor que la transportaba a no sabía qué lugar, pero le agradaba. Sobre la mesa un libro. La fuente de la edad.

El libro narraba la leyenda de una fuente perdida desde la antigüedad y que permitía recuperar la juventud a las personas que habían pasado por la vida sin encontrar el amor. Sólo bebiendo de sus aguas. Una segunda oportunidad. En otro tiempo, a ella esa historia le hubiese dado una tregua pero ahora sabía que ya estaba fuera del alcance de los mágicos poderes de la fuente de la edad.

Su relación con el amor había sido más que tumultuosa, pues en más de una ocasión se sintió engañada de sentir aquello que estuvo buscando siempre y que en la mayoría de las ocasiones resultó no ser. Ahora era distinto. Tras tanto desengaño tenía la certeza de que su hora había llegado. Ese momento que tanto había esperado y que tantas dudas había suscitado en ella era una realidad. Lo tenía frente a ella y no precisamente en la forma en la que había imaginado.

Él llegó de una forma inusitada, absolutamente extraña. Llegó para marcharse. Y aun así ella sabía que sus vidas estarían entrelazadas para siempre. Para más allá de siempre. Ella sabía que lo amaba. Lo sabía por la forma en que se estremecía al recordar sus ojos o por cómo el eco de sus dulces palabras resonaba en su interior como si hubiera estado ahí desde hacía siglos. Él la había rescatado en un segundo de la mediocridad de su vida, del dolor pasado, de su tensa espera. Y se marchó. Y era eso lo que más la reafirmaba en su idea. La distancia no fue óbice. Lo sentía tan cerca como aquel día en que lo besó por primera vez y su piel se le erizó y quiso decirle que llevaba una vida dibujando corazones en el vaho de los espejos y que eran todos para él. El tiempo y la distancia. Ahora ya nada importaba. Ahora sólo cabía esperar y luchar porque tras él ya no habría otras oportunidades, ni siquiera podría ir a buscar la fuente de la edad.

Así, terminó su café y continuó con el ritual. Se levantó y se dirigió a su escritorio. Sentada, entrecruzó sus pies descalzos en la silla, extrajo una de las preciosas hojas de papel oriental que compraba en el mercado cada sábado para él y después de derramar unas gotas de Issey Miyake, ese perfume que lo enloquecería el día que pudiera olerlo en su piel, le dedicaba sus primeras palabras del día. Palabras que no podían ser, sino de amor.


©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 18 de septiembre de 2006

Siempre te amé

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Te he amado desde siempre en mis adentros, con mis vísceras
como en un instinto ancenstral.

Te he sentido en mi memoria, en los cálidos sueños,
en el despertar fingido de amores pasados, falsos.

Te he besado tras el tiempo, bajo el cielo
oscuro y cruel de la tormenta donde vivo

Te he evocado en cada llanto, en los silencios
que sellan cicatrices en mi cuerpo

Y por fin, ahora que te encuentro,
no estás.

Me rescatas de la mediocridad de mi mundo
y no estás

me liberas del amor falsificado
y no estás

me desvistes con tus ojos de anhelo
y no estás

me encadenas al ideal perpetuo
de amarte siempre

aunque me duela tanto que

todavía
no
estés.

©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 20 de septiembre de 2006

One club man


Fernando Torres ha renovado su contrato con el Atlético de Madrid. Quiero colgar este post para censurar a todos esos que se dicen llamar periodistas y que llevan siete años vendiéndolo a otros clubs sistemáticamente en cada periodo de fichajes. Ahora, siguen trabajando como si no hubieran dicho nada. Hoy dicen lo contrario de lo que dijeron. En dos meses empezarán a venderlo de nuevo.

Y quiero agradecer desde aquí a ese jugador sus gestos más allá de lo futbolístico, donde su calidad no admite discusión alguna. El fútbol se ha convertido en algo absolutamente desnaturalizado y comercializado donde se pierden los valores antiguos por los que yo quizás me aficioné a este deporte. Se ha llenado de Reyes y Joaquines. De falsedad y mentira. De dinero sucio. Palabras como las suyas de hoy devuelven a alguien como yo la confianza en el sentimiento por esos colores. Torres es distinto a todos. Dentro y fuera del campo. Torres ha estado en la grada, como yo. Lo lleva en la sangre, de verdad, como yo. Gracias. Que grande eres.

"Los atléticos somos diferentes a los aficionados de otros clubes, yo me siento aficionado como ellos y ellos me pedían que me quedara y eso ha sido muy importante para seguir. El club sabe que muchos clubes importantes han venido con mucho dinero, bueno para el club y para mí, pero no hay nada más importante que los sentimientos. Para mí hoy es un día especial, lo importante es que podemos decir que sigo y lo quiero agradecer al club y a la afición"

"nunca ha salido de mi boca que me quería ir. No habrá ni dinero ni títulos que me hagan cambiar de opinión. Queremos levantar trofeos y ver a la gente celebrando por las calles de Madrid nuestros éxitos. He renovado por tres años, pero puede que sean más"

domingo

Ocio sin recursos

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A ver, estaba pensando que igual me podíais echar una manita todos los que por aquí pasáis. La cuestión es simple, ¿qué hacer en un fin de semana cuando no se tiene dinero? Ocio sin recursos. Esperando que los devastadores estragos que la reforma del nidito sin amor ha hecho en mi cuenta corriente empiecen a remitir, me enfrento a los fines de semana desde una óptica distinta, divertirse din dinero. Para ser el primero, éste no ha estado muy mal del todo. Contaré cosas que hago, pero agradecería aportaciones ingeniosas para no caer en el tedio y el aburrimiento.

- Ir a un concierto gratuito
- Dejar que los amigos te inviten a copas
- Leer
- Escribir
- Jugar con el blog
- Pasear por la judería
- Observar las bodas por lo civil
- Ver Casablanca en el ordenador
- Conversar
- Salir a correr
- Ver al Atleti

La verdad es que ahora que las escribo me doy cuenta que el abanico no es tan reducido. Pero quiero más. Colaboren vuestras mercedes.

Las bodas por lo civil

Hace mucho tiempo el maestro Sabina en una de sus míticas canciones decía amargo como una boda por lo civil. En su tiempo me pareció una comparación muy acertada - como todas las de esa canción - pero los tiempos cambian y hoy, discrepo.

El caso es que la vida me ha traído a morar al ladito de los Reales Alcázares de Córdoba, que es el lugar donde los viernes, domingos pero sobre todo sábados, se ofician las bodas civiles de la ciudad. En esa búsqueda de entretenimientos distintos y gratuitos por la que ando, ayer me senté en el parque de enfrente a observar la felicidad. Las parejas de novios entran y salen del alcázar con intervalos de media hora más o menos y todo el jardincito frontal está plagado de invitados, sonrisas, alegrías, abrazos, besos. Bellezas impostoras, bellezas impactantes. Vestidos de novela, vestidos de saldo, galanes y princesas. Un poco de todo pero sobre todo, alegría y mucha felicidad. Ellos creen que viven el día más feliz de su vida pero afortunadamente, yo sé que no es así. Los tendrán mejores.

Me marché a casa impregnado de alegría y le recomendaría al gran Joaquín que cambiase sus versos por alegre como una boda por lo civil. Más acorde a los tiempos que corren.

Factotum, de Charles Bukowski


Bukowski es uno de esos escritores de culto que están ahí y todavía no había leído. Este libro llegó a mis manos como regalo inducido de cumpleaños. Y bueno, le llegó la hora. A mí me ha gustado. Es un libro terrible, con un personaje alcoholizado y que salta de trabajo en trabajo sin otra pretensión que seguir bebiendo en la américa de la segunda guerra mundial. El otro lado del sueño americano. Cruel, agrio, sin escrúpulos, sin futuro. Así es el personaje y así lo envuelve en un lenguaje similar de manera fascinante. No sé donde he leído que el libro es autobiográfico. Tremendo Bukowki entonces. Next one, "Desgracia", de J.M. Coetzee

miércoles

Cartas de amor bajo la lluvia


Diego se encontraba cada vez más solo. O puede que solo no sea la palabra exacta. Se sentía incomprendido. Veía con amargura cómo se alejaba sin poder evitarlo de la gente que lo rodeaba y eso le preocupaba pero no podía hacer nada para remediarlo. Estaba ausente en las reuniones, ausente por desubicado. Y cuando intervenía, se sentía aún más aislado que nunca porque todos se reían pensando que hablaba en broma o lo miraban con caras raras cuando él insistía en sus tesis.

No siempre había sido así. Todo había empezado unos años atrás, cuando un diluvio universal inundó su corazón. Sintió llover sobre su alma como no había visto nunca al perder aquel amor. Fue mucha pérdida aquélla, pues perdió a la mujer que amaba con todo su ser y lo más trágico de todo, se desvaneció su concepto vital de amor eterno. Todos intentaron ayudarle entonces, ofreciéndole paraguas que no podían detener aquella lluvia. Así que después de un tiempo así, aprendió a convivir con ella y ya ni siquiera se preocupaba. Se sumergió en la lectura, como siempre había hecho, pero en esta ocasión tal vez más desesperadamente que nunca. Y fue así como, sin darse cuenta, empezó a saber vivir con su temporal a cuestas al mismo tiempo que se alejaba del resto del mundo. Entre lectura y lectura empezó a escribir, para terminar de rematar el cuadro.



Aquella peregrina idea surgió después de terminar la más bella historia de amor que había leído nunca. En ella, el protagonista trabajó durante un tiempo escribiendo cartas de amor por encargo. A él le sedujo la idea y cuando comentó a sus amigos el trabajo con el que había pensado sacar unos ingresos extraordinarios éstos se rieron, claro. Ésta vez, él no insistió en el asunto. Pero lo que sí hizo fue anunciarse en el periódico. En silencio.

Diego. Cartas de amor por encargo. Precio a convenir.

El anuncio entre rubias exuberantes ofreciendo sus servicios y viviendas de lujo que por cierto, ¿quién compraría en los tiempos que corren?, era cuanto menos, curioso.

En contra de lo que él mismo imaginaba, una respuesta rápida le sorprendió haciendo su primera petición laboral. El interesado se llamaba Fermín y le explicaba en un correo electrónico con pelos y señales la situación. Quería conquistar a Daniela, compañera de trabajo a la que alguna vez se le había insinuado, pero que ahora habían trasladado a una región lejana. Diego se puso manos a la obra.

Durante la primera carta estuvo nervioso porque tomó conciencia de lo mucho que podía haber en juego. Él mejor que nadie sabía la magnitud de un amor. Fue suavemente romántico y la quiso conquistar con una dulzura envolvente, sin aspavientos. No se fuese a asustar a la primera. La cosa marchó bien. Fermín le reenviaba las respuestas de Daniela. Diego las leía y contestaba. Enervando el tono, cada vez más apasionado. Después de una copiosa correspondencia aquello era cosa hecha, el amor había surgido. Fermín le dijo que no era necesario escribir más. Daniela lo amaba con locura y regresaba a la ciudad. Muchas gracias, no sabe cuánto le agradezco.

Aquella misma noche, con el trabajo concluido, Diego estuvo releyendo todo el correo que había surgido de aquella extraña idea que a sus amigos había hecho tanta gracia. Se sentía orgulloso. Le encantaban las cartas de amor y aquellas eran realmente preciosas. En la calle llovía a mares. Arreciaba la lluvia y él divagaba, con las cartas en la mano, mirando los árboles empapados a través de su ventana. Tampoco era para tanto. Las lluvias, ni siquiera aquella que parecía ser eterna, ya no le impresionaban. Qué era al fin y al cabo todo aquello después del diluvio que había soportado su alma. Entonces, el timbre lo sacó de sus ensoñaciones.

En la puerta había una muchacha de unos treinta años con carita aniñada y absolutamente empapada. Tenía la mirada cansada, como si sus ojos lo hubieran estado buscando durante siglos. Sin dar tiempo a que él pudiera reaccionar, le dijo:

- Hola, soy Daniela. Pero también puedes llamarme Fermín.

José Luis Pineda Requena
Córdoba, 12 de septiembre de 2006

lunes

Pétalos de amor

Pétalos de amor

El verdadero paraíso no esta en el cielo, sino en la boca de la mujer amada.
Théophile Gautier

Vivir.

Vivir en la búsqueda perpetua
Imaginarte en cada rostro
desconocido, lejano

Dormir.

Dormir con el miedo a no tenerte
con la esperanza en sueño
de vivir para encontrarte

Soñar.

Soñar con tu cuerpo entre mis sábanas
Inundadas en pétalos de amanecer
Y besarte, y acariciarte y despertar.

Despertar.

Despertar en brazos de la soledad
que destroza cada sueño
y esperar, vivir para esperar.

Vivir, dormir, soñar, despertar.
Entre pétalos de amor.


José Luis Pineda Requena
Córdoba, 11 de septiembre de 2006

Océanos de tiempo

Ayer, de regreso de ese estreno de temporada en Madrid, por fin volví a ver la película, tantos años después. Y es un ejemplo de esos escasísimos donde a uno le gusta más que el libro. Es una maravilla lo que hizo Coppola con un libro de intriga y terror a secas.

Esta fue la escena que había en mi memoria y por la que llegué al libro:



Y esta otra una que había olvidado y que me parece que justificaría cualquier historia. Preciosa. Hala, a disfrutar.

miércoles

La luna y el mar



Le gustaban las cosas sencillas. Desde pequeñita no había tenido grandes ambiciones. Un amor, una familia, una vida tranquila. Prefería las mañanas a la noche, el verano al invierno, la gente de barrio, el olor a tierra mojada, las flores secas en su mesa, la luna, el mar. La luna y el mar. De entre sus cosas sencillas esa era la que más adoraba, pasear descalza en las noches de luna llena a la orilla del mar. Lo había hecho tantas veces. Había soñado tanto sintiendo el frescor de la arena bajo sus pies, oyendo el silencio de la noche, las olas plateadas que trataban de alcanzarla.

Aquella noche era especial y ella lo sintió así desde que guardó sus sandalias en el bolso y empezó a enterrar sus pies en la fina arena de aquella playa solitaria. Aquella noche bajó hasta el mar con la compañía de quien tantas veces había soñado. El amor como único equipaje.

Muchas veces había imaginado la escena. La imaginó en invierno, en una playa solitaria en la que se refugiaban del frío con su abrigo. La imaginó en verano, con el jolgorio de la adolescencia aquí y allá descubriendo esos primeros e inolvidables amores. La imaginó en primavera, en otoño. Pero siempre estaba él. El amor, la luna y el mar. Sabía que algún día llegaría ese momento mientras imaginaba y hoy, casi sin darse cuenta del paso del tiempo se encontraba ante él.

Le habló susurrando y le explicó que aquella noche era mejor que cuanto había imaginado. Todo parecía perfectamente organizado, como en un dictado de los Dioses. El silencio nítido y bello, levemente interrumpido por el rumor vago y calmo de las olas. La luna le pareció más hermosa, más luminosa que nunca, como faro y guía. Como foco que alumbra los sueños. El mar argentado por el suave reflejo de la luna sonreía con cada ola en esa calma que parecía estar conjurada para ella y su momento.

Se sentó cerca del agua y enterró los pies en la arena mojada. Se apoyó en las palmas de las manos y continuó mirándolo. La luna imperturbable los observaba. No podía dejar de contarle cada pormenor, de decirle cuán feliz se sentía y que habría muchas noches como aquélla. Tenían una vida por delante y habría muchas lunas llenas siempre sobre el mar. El mismo mar de felicidad.

Entonces, cuando la brisa empezó a hacerse más fría, volvió a llevarse las manos a su vientre lleno de vida y le dijo a ese hijo que llevaba en sus entrañas y estaba por nacer que a su padre también le hubiera gustado compartir aquella noche, pero que al fin y al cabo, el mundo no era inmejorable, y de eso ya tendría suficiente tiempo para darse cuenta. Toda una vida.

José Luis Pineda Requena
Córdoba, 05 de septiembre de 2006

Drácula, de Bram Stoker

Ohhhhh. Tremenda decepción. No porque el libro sea malo, que no lo es, todo lo contrario. Es una novela bastante entretenida con la intriga como hilo conductor. Muy recomendable de hecho. Lo que ocurre es que yo había visto la película de Coppola hace ya muchos años y lo recordaba como una preciosa historia de amor. Recordaba aquella frase mítica de he cruzado océanos de tiempo para encontrarte. Y fue por eso que quise leer el libro. Y que sorpresa. La adaptación cinematográfica es una maravillosa invención. Nada de esa historia de amor en el libro. Snif, snif. En fin, en breve tengo pensado ver la peli de nuevo y entonces, trataré de colgar en el blog la escena que me llevó al libro. Next one, Factotum, de Bukowski.

lunes

Margarita

Hace poco una amiga me contaba que su padre se declaró a su madre con un poema. A Margarita Debayle, de Rubén Darío. En ese mismo momento surgió la idea de este relato que hoy comparto con todos vosotros. Sirva como humilde homenaje a ese tipo de hombres, a ese tipo de mujeres y sobre todo, a ese tipo de amor.

Es probable que tenga múltiples errores pues acabo de terminarlo sin tiempo para la revisión porque es tarde y hay que irse a la cama. Pero ya habrá tiempo de corregirlo. De momento, nace así.

....

Margarita

Estaba sentado en el porche observándola mientras tomaba una taza de café caliente en la mañana. Ella se movía con parsimonia entre las flores del jardín eligiendo meticulosamente, una a una, cuales iban a adornar la casa aquel soleado día de primavera. En mitad de su faena, le dirigió una mirada de ternura y se llevó las flores elegidas hasta entonces a su rostro, aspirando y llenándose de aquel perfume que tanto le gustaba. Le sonrió y siguió a lo suyo. Entonces, Esteban, que así se llamaba él, como en una regresión, recordó aquella tarde primaveral que había transcurrido sesenta años atrás. Sesenta años que en aquel momento le parecieron nada, porque ella seguía teniendo la misma sonrisa y el mismo amor en la mirada.

Margarita. Desde que Esteban consiguió averiguar el nombre de aquella chica que había sentido distinta desde el primer día de universidad, no podía quitarse el poema de Rubén Darío de la cabeza. Lo repetía en su interior mientras la miraba en cada clase, en cada descanso.

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.

A él le habían contado muchas cosas sobre el amor. Pero fue al conocerla a ella cuando de verdad lo supo todo. Esteban sabía que la amaba. Desde que la vio. Y decidió decírselo con poesía porque eso era ella para él, pura poesía. Así, una noche caligrafió con su mejor letra ese poema que tan de seguido había repetido tantas veces y se armó de valor para entregárselo. Margarita se sorprendió al ver a aquel mozo parado ante ella, para entregarle un papel cuidadosamente doblado, sin decir palabra. Le ofreció su carta de amor, le entregó la Margarita de Darío que tantas veces había recitado para él y se marchó. Ella se quedó en el aula y esperó hasta estar completamente sola para desdoblar el escrito. Al terminar de leer aquellas apasionadas palabras, mezcladas entre los versos del poeta, ella quedó sin aliento. Releyó y releyó y después, quiso saber más.

Se conocieron y se amaron para siempre. Como en los cuentos de hadas que escucharon de pequeños, como en los poemarios escritos a través de los siglos, pero en la gris realidad de aquellos tiempos. Vivieron tiempos difíciles, momentos buenos, malos, momentos peores. Pero el amor los sostuvo en la adversidad con esos hilos invisibles pero indestructibles que nadie puede ver, sino sentir.

Después de aquella carta de amor vinieron muchas pero aquella siempre tuvo un lugar predilecto en su corazón. En su vida. El aspecto macilento que ahora presentaba el papel de aquella carta tras el paso de los años no había disminuido un ápice la intensidad de su mensaje, su ternura, su pasión, su fulgor, seguían intactos como intacto seguía el amor que se profesaban sesenta años después.

Eso pensaba Esteban mientras la veía subir las escaleras, con el racimo de flores completado y dirigiéndose con su sempiterna sonrisa hacia él. Entonces, se abrazaron entre flores mientras él le susurraba al oído aquellas palabras que desde aquella maravillosa tarde de primavera, tantas décadas atrás, ya nunca más se había dicho en su interior, porque habían sido siempre para ella…



Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.


Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.


©José Luis Pineda Requena
Córdoba, 03 de septiembre de 2006

domingo

La desconocida

En aquel tren, camino de Lisboa,
en el asiento contiguo, sin hablarte
-luego me arrepentí.
en Málaga, en un antro con luces
del color del crepúsculo, y los dos muy fumados,
y tú no me miraste.
De nuevo en aquel bar de Malasaña,
vestida de blanco, diosa de no sé
qué vicio o qué virtud.
En Sevilla, fascinado por tus ojos celestes
y tu melena negra, apoyada en la barra
de aquel sitio siniestro,
mirando fijamente -estarías bebida- el fondo de tu copa.
En Granada tus ojos eran grises
y me pediste fuego, y ya no te vi más,
y te estuve buscando.
O a la entrada del cine, en no sé dónde,
rodeada de gente que reía.
Y otra vez en Madrid, muy de noche,
cada cual esperando que pasase algún taxi
sin dirigirte incluso
ni una frase cortés, un inocente comentario...
En Córdoba, camino del hotel, cuando me preguntaste
por no sé qué lugar en yo no sé qué idioma,
y vi que te alejabas, y maldije la vida.
Innumerables veces, también,
en la imaginación, donde caminas
a veces junto a mí, sin saber qué decirnos.
Y sí, de pronto en algún bar
o llamando a mi puerta, confundida de piso,
apareces fugaz y cada vez distinta,
camino de tus mundos, donde yo no podré
tener memoria.

Felipe Benítez Reyes

El estreno de Alatriste


Fiel a la promesa, estuve en el primer pase de Alatriste en los multicines del Tablero (horrorosos). Fui con Jesús y Eva. La anécdota graciosa fue que a mitad de película y para acompañar a ese halo de mala suerte que últimamente me acompaña, se rompió el aire acondicionado de la sala y nos trasladaron a otra (la 13) donde el aire sí funcionaba y donde, claro, nos moríamos del frío.

En cuanto a la película pues diré que en términos generales me ha gustado bastante. Me ha gustado pero. Considero que va a ser más del agrado del público que no haya leído los libros. Para mí en la peli se pasan en minutos aventuras que duran medio libro y claro, eso te deja un mal sabor de boca. Pero bueno, me imagino que eso es inevitable si quieres condensar 5 libros en dos horas y veinte minutos. Hubiera estado bien hacer una película por cada libro. Eso sería genial.

Lo mejor:

- Javier Cámara en papel de conde duque lo borda. Echanove en el de Quevedo es tremendo.
- Las féminas. Impresionante Ariadna Gil en el papel de María de Castro y tremenda Elena Anaya en el de Angélica, pese a no ser rubia ni tener los ojos azules. Creo que estoy terriblemente enamorado de Elena Anaya, ... :-)
- El final. Los tercios viejos de España no se rinden.

Lo peor:

- Martín Saldaña: El personaje peor logrado. No sé quien lo interpreta pero es el peor logrado. Otra cosa que me dejó preocupado es que el teniente de alguaciles muere en la película. Espero que Pérez-Reverte le salve la vida en el próximo libro porque no estaría bien esa muerte.
- Felipe IV. ¿Cómo no contrataron a Gabino Diego para ese papel?
- El lenguaje. Muy poco fiel a la época y a los libros.